domingo, 27 de agosto de 2017

Sonrisas y lágrimas, y viceversa

Palabras: Gótico, Huidizo, Labilidad, Correlativo, Esperpento

-¡Eh tú, esperpento!

Jukka intentó ignorarlo y aumentó el ritmo con el que retiraba la nieve de su bicicleta. Varias voces repitieron el grito, y entonces se giró. Los pesados de siempre. Media docena de chavales, que no debían tener ni dieciocho años, lo señalaban y gritaban mientras se acercaban a él. Jukka apuró, abrió el candado y se montó en la bici, sin importarle la capa helada que aún cubría el sillín. Pedaleó a toda velocidad, con el culo empapado y su capa ondeando aparatosamente a su espalda, hasta que de repente notó como una de las ruedas se movía hacia donde no debía, la gravedad dejaba de tener sentido y la nieve y su espalda crujieron al unísono.

A lo lejos pudo escuchar como los adolescentes se deshacían en carcajadas, y trató sin éxito de reprimir las lágrimas de dolor y vergüenza mientras una desconocida le ayudó a incorporarse. Se lo agradeció rápidamente y se montó en la bicicleta de nuevo, alejándose lo más rápido posible de las risas y los aullidos de “esperpento”. Como le solía pasar en momentos como ese, sus lágrimas fueron sustituidas por unas incontenibles carcajadas, ahogadas por el viento, que era incapaz de comprender ni reprimir.

En cuanto llegó a casa, con la espalda dolorida y el orgullo hecho escombros, se quitó la capa y las botas negras y se dejó caer en el sofá. Como siempre, encendió la televisión mientras cogía un espejo de mano y unas toallitas desmaquilladoras. Limpió la capa blanca que cubría su cara y el negro de sus labios, al mismo tiempo su mente se sumergió en una noticia sobre el segundo retiro de Michael Jordan de la NBA. Todavía no podía creérselo. Jukka sintió como las lágrimas comenzaban a deslizarse por su rostro a medio desmaquillar y cambió de canal. Menos mal que no había nadie para verlo. En la pantalla aparecía ahora una reportera informando del tiroteo cometido por una mujer en la capital, y en cuanto notó que el llanto quería apoderarse de nuevo de su ser, apagó la televisión y se centró en las toallitas.

En su mente se quedó grabada la imagen de la joven periodista en las calles nevadas de Helsinki, y pudo sentir de nuevo la punzada de dolor al golpearse contra el suelo, las manos rojas del frío y, sobre todo, los insultos. Unos insultos que no eran cosa de un día, ni de una persona, unos insultos que lo perseguían todos los días de su vida, sin importar lo rápido que huyese de ellos. Las miradas de asco que le dirigían, las madres que apartaban a sus hijos de su camino, los dedos señalándolo por doquier,… ¿Y cómo respondía él? Huyendo. Siempre huyendo.

Estaba apretando con tanta fuerza el mando de la televisión que tuvo que soltarlo de golpe para que la sangre volviese a circular por sus dedos. Mejor nada de pensar en esperpentos, ni en Air Jordan, ni en la labilidad emocional que le hacía aún más difícil la vida. Cogió el discman, se puso los auriculares y dejó que The Cure calmase sus atolondradas neuronas mientras terminaba de desmaquillarse.

-¿Qué significa correlativo, tito Jukka? –le preguntó su sobrina al día siguiente, mientras le ayudaba con sus deberes.
-Pues algo correlativo es algo que está relacionado con otra cosa, y que cambia cuando cambia esa otra cosa. Mmmmm, espera Riikka, mejor déjame pensar un ejemplo. Mira, por ejemplo, el crecimiento de la barba de tu padre es correlativo al tiempo que tu madre está fuera por trabajo.

Tapio pegó una colleja a su hermano pequeño nada más oír el comentario, y Riikka sonrió y asintió, asimilando la respuesta.

-¿Es como cuando la barriga de papi crece más cuanto más días pasamos en casa de los abuelos?

“O como tu tío pone pies en polvorosa cada vez que escucha la palabra esperpento”, pensó Jukka, aunque se limitó a asentir afirmativamente a su sobrina. Riikka se puso a escribir en su cuaderno y Jukka prosiguió la conversación con su hermano, quien tampoco se había recuperado de lo que ambos coincidían en que se trataba un punto y aparte en su deporte favorito. La charla se vio acompañada por los arrítmicos silbidos de Riikka, y aunque Jukka trataba de perderlos en el sonido ambiente, le molestaban más y más cada vez, hasta tal punto que tuvo que cortar a Tapio abruptamente, diciendo que tenía cosas que hacer, y dejó apresuradamente el apartamento.

Jukka se apoyó contra la pared del rellano y se dejó caer mientras apretaba los puños con fuerza. Desde allí podía escuchar la voz ensordecida y confusa de Riikka preguntando a Tapio qué había pasado. Se maldijo. Su hermano lo conocía perfectamente, sabía que incluso algo tan simple como el adiós de Michael Jordan podría haberlo hecho reir, llorar y romper la pared de un puñetazo. Pero ella… Esta vez Joy Division fueron los encargados de intentar distraerlo, pero no fueron capaces. No podía dejar de pensar en lo que casi le respondió a su sobrina. Quizás no solo era correlativo que huyese cada vez que le insultaban. ¿Y si le llamaban esperpento porque huía? ¿Y si lo único que hacía era dar fuerza a un círculo vicioso del que no podía escapar? Tal vez la única forma de huir de él era no huyendo.

-¡Oye, esperpento, ven aquí!

Como un reloj, todos los días a la salida del trabajo, allí estaban. Sin embargo, esta vez no correría como un corderito asustado, pero tampoco se enfrentaría a ellos. Se limitó simplemente a seguir caminando a un ritmo normal hacia su bicicleta, a retirarle el candado con calma para poder irse a casa. Esperpento no era más que un conjunto de letras, una palabra que, como cualquier otra, se llevaba el viento. Podría hacerle daño, sí, pero no tenía por qué tenerle miedo. Los chavales seguían gritando, sus voces cada vez sonaban más cercanas, pero él no se inmutó. Hasta que las sintió demasiado cerca, alzó la cabeza del candado y se dio cuenta que lo habían rodeado. Le dio un ataque de risa, y ellos a él una paliza. Eso no quería decir que no hubiese tomado una buena decisión, que no había hecho bien. Solamente significaba que se había olvidado de tener en cuenta una cosa. La gente puede ser muy imbécil.

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"Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y el universo no estoy tan seguro." 
Albert Einstein

lunes, 29 de mayo de 2017

Todo irá bien

Palabras: Supercalifragilisticoespialidoso, Vibrador, Cámara, Llama ángeles, Alpaca

Los ojos de Ngurah se perdieron entre las llamas, hipnotizados. Rojo, amarillo y naranja se abrazaban y lamían entre sí, consumiéndose poco a poco hasta que no quedó nada de ellos, solo cenizas. Solo entonces la música ceremonial regresó a sus oídos, y el cuerpo de Ngurah se movió lo más mínimo, para buscar a su hermana con la mirada. Suryani estaba allí, a su lado, observándola con una sonrisa. Siempre le hacía gracia lo absorta que se quedaba con el fuego.

Sus mejillas se ruborizaron y se llevó las manos al vientre. Apoyó una sobre la piel, para poder sentir a su pequeño, y con la otra sostuvo el llamador de ángeles que pendía ante su ombligo. En cuanto Gobiah naciese no podría pisar el pura en unos meses, se vería privada de ese fuego que la tranquilizaba más que nada en el mundo. Para los balineses no había nada más sagrado que la música, pero ella la siempre la ignoraba. No, para ella no había nada más sagrado que el fuego que la hacía olvidarse de todo. Pero quizás no se diese ni cuenta, para aquel entonces tendría a una hermosa criatura en casa que le recordaría todo lo bueno del mundo.

En cuanto terminó la ceremonia, Ngurah y Suryani recogieron sus cestas para las ofrendas, ahora vacías, y corrieron hacia el coche. Se había alargado demasiado, y la primera tenía una reunión importante. Instó a su hermana a que condujese a toda velocidad por el puente que unía la isla en la que se encontraban con Denpasar, pero se negó. Ya era demasiado peligroso conducir por las carreteras balinesas como para hacerlo con una embarazada de copiloto.

El enorme cartel con una alpaca hablando por un teléfono móvil que gobernaba el edificio al que se dirigían, mucho más alto que las bajas construcciones habituales en Denpasar, podía atisbarse a calles de distancia. Pero eso no quería decir que estuviesen cerca. Ngurah apremió a Suryani, pero ella no podía hacer nada contra el tráfico. Llegaría tardísimo a la reunión, era un hecho. Suspiró.

-No te van a despedir por llegar tarde una vez en tu vida, Ngurah.

-Lo sé.

Eso no era lo que la preocupaba. Suryani la dejó en la entrada del edificio y ella corrió hacia los ascensores a toda la velocidad que podía alcanzar con ese contrapeso que ahora tenía en el vientre. No sirvió de nada, la reunión había empezado y no la dejaron entrar. Ngurah gritó, sin importarle que sus compañeros estuviesen delante, y se fue enfurecida a su despacho. No podía culpar a nadie más que a si misma, pero eso no apaciguaba el cabreo. Agarró el llamador de ángeles y lo agitó. Se suponía que la música que producía no solo servía para calmar al feto, sino que también a la madre. Lo agitó una y otra vez, cada vez con más furia, pero no servía de nada. Se lo arrancó de un tirón, rompiendo la cadena, y lo arrojó contra la pared.

Nada más llegar a casa, escuchó la silla de ruedas de Windha dirigiéndose hacia la entrada. Ngurah saludó a su marido acariciando cariñosamente su mejilla con la nariz, y él le preguntó cómo había ido su día. Bien, le dijo. No le había contado nada sobre el posible ascenso porque esperaba que fuese una sorpresa. Menos mal. Windha la miró con preocupación, y ella le aseguró que estaba bien. El hombre asintió, pero Ngurah sabía que no era tonto, y que se había dado cuenta. Era consciente de que si le insistía otra vez en ese momento, le acabaría contando todo, así que se excusó para ir a la ducha. Necesitaba aclararse.

Mientras las gotas de agua caliente caían sobre su piel, intentó poner su mente en orden. Por una estupidez, por una visita al pura que se había alargado, había perdido el maldito ascenso. Y lo habría tenido fácil. Su jefe le había dicho que con el buen trabajo que estaba haciendo últimamente, con una simple presentación decente lo tendría en la palma de las manos. Había pasado noches en vela, entre antojos y vómitos, preparándola. Era perfecta. Habría sido un supercalifragilisticoespialidoso, un chasqueo de dedos, y un aumento de sueldo aparecería en su cuenta bancaria. Pero había tenido que ir al pura de la isla para pedir suerte a los dioses. No le había valido el día anterior, ni cualquiera de los otros templos de la ciudad, no. La culpa era suya.

Cerró los ojos al poner la cara bajo la alcachofa de la ducha, y todo lo que vio fue la siempre sonriente alpaca del logo de su empresa, mirándola, riéndose de ella. Tantos años estudiando ingeniería, matándose a trabajar para esa peluda alfombra con patas, ¿y ahora qué? ¿Le llegaría su sueldo para pagar esa casa, para mantener a un marido que no aceptaban en ningún trabajo y a un hijo que estaba por venir? No lo creía.

Abrió los ojos, pero la sensación de la alpaca riéndose de ella seguía en su cuerpo. Intentó pensar en otra cosa. El gigante cartel de su edificio se prendía en llamas, colores cálidos que lamían al estúpidamente feliz animal y a su estúpido teléfono. El fuego que danzaba ante ella, que siempre conseguía relajarla, esta vez no servía de nada. La sonrisa blanca seguía allí, entre las llamas, convirtiéndose en culpa en vez de en ceniza.

No sabía cuánto debía llevar en la ducha, pero no podía ir con Windha en ese estado. No podía verla así, a punto de estallar en lágrimas, o de romperse la mano contra la pared, o de una combustión espontánea. Necesitaba relajarse. Su mirada se encontró con el alargado aparato metálico que guardaba en la estantería de la ducha, y lo recogió. Si el sexo no la calmaba, nada lo haría. Lo llevó a la entrepierna y lo encendió. Pero por más que lo intentó, las vibraciones le transmitían nervios, no placer. Siguió insistiendo, si el fuego no había funcionado, eso tenía que hacerlo. Pero lo único que consiguió fue hacerse daño, y al igual que el llamador de ángeles, lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared, rompiendo un par de baldosas. Genial, algo más que pagar.

Ngurah llegó por fin a la cocina, con los ojos y los nudillos enrojecidos. Estaba convencida a contarle a Windha todo, como la había fastidiado, como había jodido su futuro. Pero aunque la cena estaba servida, su marido no estaba allí. Ngurah lo llamó, pero nadie contestó. Se asustó durante un instante, pero en seguida se dio cuenta de que había algo más que la vajilla sobre la mesa. Una cámara de vídeo, con una nota escrita a mano sobre ella. “Todo irá bien.” Era la letra de Windha.

La cámara estaba encendida, y Ngurah le dio al play. El lugar que apareció en la pequeña pantalla le resultó muy familiar. Era el pura de la isla de Serangan, el mismo al que había ido esa mañana. No entendía. Entonces vio a gente llegando al lugar, vio las ropas que llevaban, reconoció algunas caras. Era el día de su boda. El vídeo se cortó un segundo, y los invitados y la panorámica del hermoso pura fueron sustituidos por el fuego ceremonial, prendido para que Agni fuese testigo de su unión.

Al ver las llamas, Ngurah sintió como todo su cuerpo se relajaba, las preocupaciones se escondían en lo más profundo de su mente, e incluso una sonrisa se formaba en sus labios. Y no era por el fuego. Sino por el “Todo irá bien” escrito a toda prisa en ese pedazo de papel pegado con celo a la cámara. O más bien, por la persona que lo había escrito. Windha tenía razón, todo iría bien. Lo tenía a él a su lado, tendría a Gobiah, seguía teniendo su trabajo. Algo se les ocurriría, se las apañarían, como siempre. No eran Mary Poppins, no les bastaría con una palabra inmensa y un chasqueo de dedos para conseguir lo que deseaban. Necesitarían más esfuerzo y tiempo, pero lo harían igualmente. Y, quizás, si tenía tiempo, podría comprar un poco de pintura negra para tapar la sonrisa de esa alpaca de cartel.

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"Si no existiera el invierno, la primavera no sería placentera, y si no pasamos por la adversidad, la prosperidad no sería bienvenida." 
Anne Bradstreet