domingo, 31 de enero de 2016

Colágeno

Palabras: Yihad, Camión, Fosforescencia, Colágeno, Programada

Iria golpeó la puerta con los nudillos una y otra vez. Podía escuchar perfectamente la televisión encendida, pero Itzíar no le respondía. Vamos mujer, si había sido ella, quién había dicho la palabra, ¿por qué no le abría?

Cansada, anunció en voz alta a que esperaría a que estuviese lista en el salón, que tenía todo el tiempo del mundo. Ya tumbada en el sofá, abrió el móvil y vio el último mensaje que le había enviado su compañera de piso. “Colágeno”.

Esa clave se remontaba a cinco años atrás, cuando llevaban ya tres viviendo juntas. Prefería no recordar la situación por la que había surgido, no había sido un buen momento ni de lejos. Lo importante era que las dos se habían dado cuenta de que necesitaban una clave, una palabra que decir a la otra que diese entender que se encontraba en un problema muy importante y necesitaba ayuda. Desde entonces la habían usado tres veces, y las tres la otra lo había dejado todo y había acudido inmediatamente al rescate.

Así que esa mañana, cuando Iria vio el mensaje en su móvil mientras hacía la ruta de reparto con el camión de Danae, había dejado todo para acudir junto a ella. Desafortunadamente, sumergirse con un mastodonte como su vehículo en el tráfico de Madrid no era trabajo fácil, y había tardado una hora en llegar.

Y ahora lamentaba que fuese demasiado tarde, y que Itzíar hubiese cambiado de idea y haya preferido guardárselo para ella. La conocía, era lo peor que podía hacer. Si había llegado al extremo de usar colágeno, era imposible que fuese una tontería.

Dios, ¿por qué no salía? No podía con los nervios. Sus dedos pulsaban un botón del mando tras otro, sin ser capaz de atender a ninguno de los canales, y su culo y su espalda se recorrieron el sofá de cabo a rabo, sin encontrar una postura cómoda. ¿Y si estaba haciendo alguna locura? ¿Y si no contestaba porque…? No, no sería tan tonta. No, ¿verdad?

Pero le fue imposible sacarse esa idea de la cabeza, y apenas treinta segundos después estaba aporreando la puerta de Itzíar con furia. Al ver que seguía ignorándola, hizo aún más fuerza, e ignorando el dolor que sentía en puños y pies, se dispuso a echarla abajo. La primera embestida hizo temblar las bisagras, e iba a por la segunda cuando se abrió.

Semanas después, los nudillos de Iria volvían a entrar en contacto con la puerta de Itzíar, con más suavidad esta vez. La voz amortiguada de Itzíar le contestó que no podía salir, que estaba ocupada, y al preguntarle qué hacía, no recibió respuesta. Miró la hora. Mierda, tenía que irse, no podía insistir más. Ya lo haría esa noche.

Atrapada con su camión entre los cientos de coches que abarrotaban las vías de la ciudad, no podía dejar de pensar en lo que había pasado desde el último “colágeno”. Cuando su amiga por fin se había decidido a hablarle, le sorprendió ver lo tranquila que estaba. Tranquila, fría y vacía, eran las palabras que mejor definían ese estado.

Parecía un aburrido profesor de historia leyendo sus apuntes al pie de la letra mientras le contaba que Kike había muerto en un accidente de coche. Había contado con consolarla, abrazarla, cuidarla y hacerle compañía día y noche, pero no fue así. Ella fue la única que lloró, y durante un tiempo pensó que quizás era normal. El dolor que sentía Itzíar era demasiado fuerte como para poder expresarlo con lágrimas.

Sin embargo, pronto se hizo evidente que las cosas no iban bien. A partir del día del funeral, dejó de salir de casa, dejó el trabajo, dejó de verse con sus amigos. Ellos habían preguntado a Iria qué le pasaba, por qué los ignoraba, y no sabía que responderles. Apenas hablaba con ella, solamente le dirigía la palabra para hablar de la lista de la compra, las tareas y poco más. Incluso a las horas que no estaba en casa, y con suerte se cruzaban una vez cada dos días. Un ordenador, una cama y una silla era lo único que existía en el mundo de Itzíar.

Pero ella no se cansaba. Todos y cada uno de los días llamaba a su puerta, trataba de hablar con ella, incluso tenía conversaciones que eran  escuchadas únicamente por las paredes. Las frases más largas que recibía de su amiga eran los asuntos de las transferencias bancarias electrónicas cada vez que hacía falta un pago. Al principio sus amigos le aconsejaban que le dejase su espacio, que la muerte de su novio era algo muy duro y que seguramente necesitase asimilarla a su manera. Pero en cuanto llegaron los tres meses, los consejos cambiaron, y lo que le decían era que buscase otro piso, que no podía hacer nada, que llamase a un psicólogo.

Iria los ignoraba. No se iba a rendir. Era su amiga, y no la iba a dejar tirada. Le daba igual que le costase tres meses superarlo, como si le costaba tres años. Pero no iba a dejarla sola. Hacía tres meses que había dicho “colágeno”, y en su cabeza, todavía seguía cumpliendo el juramento que ello conllevaba. Apoyarla, ayudarla, y dejarlo todo por ella.

Pero el tiempo seguía pasando, y cada vez estaba menos segura de qué hacer. Tras dos años juntos, Pablo le había ofrecido mudarse con él, huir del pozo tóxico en el que se estaba convirtiendo su relación con su mejor amiga. Meses atrás se habría negado, era demasiado pronto, y no querría dejar a Itzíar sola. Pero ahora las cosas eran distintas, así que tenía mucho que plantearse.

Día y noche intentaba reunir valor para contarle a su compañera lo que estaba intentando decidir, pero era muy difícil. Ya era difícil saludarla como para intentar tener ese tipo de conversación con ella. Ni siquiera era capaz de atreverse a imaginar cómo contárselo, ya no la conocía. Pero no fue necesario.

Iria llegó corriendo al piso, sin cerrar la puerta siquiera, imperiosa por alcanzar el baño antes de que fuese demasiado tarde. Afortunadamente llegó justo a tiempo, y aliviada, escuchó un ruido apenas camuflado por el de la lluvia que nacía en su entrepierna. Un portazo. ¿Itzíar había salido de casa? ¿Qué?

Salió corriendo del servicio sin apenas limpiarse, colocándose la ropa mientras corría para intentar alcanzarla. Pero antes de llegar a la entrada, sus ojos se quedaron atrapados en la visión de su habitación abierta. No podía no mirar qué había dentro. Quizás fuese su única oportunidad, quizás incluso espiar un poco le ayudase a descubrir qué le pasaba. Y así fue.

Los ojos de Iria estuvieron a punto de salirse de sus órbitas al verlo. No podía ser cierto. Había leído que eso podía pasar, había un par de casos de mujeres así cada poco tiempo en los periódicos… Pero no podía pasarle a Itzíar. No, a su amiga no. ¿Qué hacía? ¿Llamar a la policía? Eso arruinaría la vida de Itzíar para siempre, tal vez si la alcanzaba podría convencerla de no hacerlo. No tardó en encontrar colgado en la pared un mapa de la ciudad, con un círculo pintado con un rotulador fosforescente rodeando la Puerta del Sol.

Minutos después, Iria saltó a toda prisa de su camión, sin importarle dejar la puerta abierta. Se estaba dando cuenta de que era un error no haber llamado a la policía, pero por algún motivo era incapaz de hacerlo. Pero ella podría parar a Itzíar, podría hacerlo.

Evitó mirar a la gente que paseaba por la plaza, prefería no verles las caras en caso de… No, no iba a pasar. Se detuvo un momento, nerviosa, intentando encontrar a Itzíar. Hacía tanto que no la veía, que lo único que aparecía en su mente cuando pensaba en su nombre eran esos fosforescentes trazos sobre el plano de Madrid. Entonces fue consciente de cuánta gente había allí, y de que quizás no sería capaz de salvarlos ella sola. Así que gritó, gritó lo que sabía, y que llamasen a la policía.

Apenas un par de personas hicieron caso y huyeron, el resto la miraron con temor, como si de una loca se tratase. Mierda, tendría que haberlo hecho antes. Cogió el teléfono, lista para llamar, cuando vio a Itzíar a apenas unos metros de ella, observándola en silencio. Nunca había visto algo tan… inexpresivo.

Necesitó unos segundos para asimilarlo, y entonces corrió hacia su amiga. Estaba a punto de agarrarla cuando un gesto de su mano la instó a detenerse, a apenas un metro de ella. Vio como con la otra Itzíar sostenía el detonador, así que no se atrevió a moverse. No quería asustarla, no quería provocar que hiciese algo de lo que arrepentirse. Así que sólo se le ocurrió una cosa que decir.

-¿Colágeno?

La expresividad regresó a Itzíar durante unos instantes, unos segundos durante los cuales Iria creyó haberlo logrado. Pero entonces una solitaria lágrima se deslizó hacia los labios de su amiga, y sus ojos se desviaron al detonador. No… Iria hizo lo único que se le ocurrió, lanzarse contra ella, y de repente todo era fuego, dolor, y un grito que resonó en sus oídos antes de que su conciencia se sumiese en la nada.

-¡Al·lahu-àkbar!

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"Sólo se muere una vez. ¡pero por tan largo tiempo!" 
Molière

martes, 26 de enero de 2016

¡Que viene Mussolini!

Palabras: Zócalo, Sábana bajera, Oxímoron, Plutón, Mussolini

Pietro despegó los ojos del telescopio y los frotó con parsimonia, cansado. Llevaba toda la noche intentando ver la lluvia de estrellas, que se suponía que iba a ser fascinante. Sin embargo, como debería haber imaginado, la contaminación lumínica de Milán lo hacía imposible, como siempre. Pero bueno, ya vería grabaciones el lunes en el trabajo. Ventajas que tenía ser astrónomo.

Pietro guardó el telescopio en su funda y se dispuso a volver a casa. Había estado tan concentrado que no se había percatado del cambio de temperatura, pero hacía un frío que pelaba. Entró corriendo en busca de calor, y frotaba las manos la una contra la otra para descongelarlas cuando un par de cálidas manos las envolvieron con ternura. Oh dios, justo lo que necesitaba.

Miró hacia arriba para encontrarse cara a cara con el dueño de esas reconfortantes manos, y lo besó con ternura en los labios. Gianni le acarició los brazos para ayudarle a entrar en calor e intentó besarlo de nuevo, pero Pietro lo apartó. Nada hasta que se recortase esa barba como dios manda, ya lo sabía. Su novio frunció el ceño y fingió enfado, replicando que se afeitaría mientras el loco plutonista escribía su artículo.

Pietro sonrió y se despidió con un corte de manga antes de sentarse ante la pantalla del ordenador. Sus ojos se quejaron por obligarles a trabajar de nuevo, pero les obligó a aguantarse. Por fin a su grupo le habían permitido publicar en un medio importante sus razones por las cuales la retirada de la categoría de planeta a Plutón era una pantomima, y tenía que esforzarse al máximo. Llevaban años luchando por hacerse oír, y no podía desaprovechar esa oportunidad.

Estaba concentrado  redactando sus conclusiones cuando sonó el teléfono. Lo ignoró, sería la ex mujer de Gianni para acordar la hora a la que les llevaría a Ales a casa. Pero entonces una sacudida de hombros lo sacó de su ensimismamiento. Resultaba que al otro lado del teléfono se encontraba su abuela, y necesitaba hablar sin falta con él.

-¡Que viene Mussolini!

Salió del coche limpiándose el sudor con el antebrazo, que usó también para escudarse del sol. Había tenido que pedir el día libre y conducir durante dos largas horas, pero por fin había llegado a ese pueblo perdido de la mano de dios. Se acercó hacia la puerta esquivando varios adornos de jardín tirados de cualquier manera, y presionó con fuerza el timbre.

Miró de nuevo hacia el jardín, preocupado. No le gustaba nada lo que veía. Como nadie le abría timbró de nuevo, y entonces sintió algo rozando sus tobillos. Se agachó y cogió en brazos a un viejo gato, negro como la noche. Cuánto tiempo hacía que no veía al pesado de Ossimoro. Lo besó en la cabeza, sonriendo por las cosquillas que le hacía el contacto del corto pelaje contra los labios, y lo soltó en cuanto empezó a revolverse.

Evocó el día que su abuela lo había acogido. Les había permitido a él y a su hermano ayudarle a elegirlo entre media decena de cachorros abandonados. Hacía doce años ya... Había sido él quien había señalado a Ossimoro, porque parecía el más pequeño de todos, y su abuela le había permitido cogerlo. Luego ella le había puesto ese horrible nombre, después de que la dueña les dijese que el animal era sigiloso y ruidoso, y de que su abuela les explicase lo que era un oxímoron. Es que ni al propio gato le había gustado, pero a cosas como esa te tenías que resignar si eras la mascota de la afamada novelista Francesca Biancci.

Y hablando del rey de Roma, ahí estaba. Pero la trajeada, aseada y elegante escritora que sobrevivía en la mente de Pietro ya no era tal. No, ante él se encontraba una anciana despeinada, vestida apenas con una especie de tela blanca atada a modo de toga y una escopeta en las manos apuntando a su cara.

A Pietro le costó unos segundos asimilar lo que estaba pasando, y entonces levantó los brazos, asustado, y le pidió que bajase el arma. Su abuela lo observó un instante con la mirada perdida, y bajó la escopeta con naturalidad. ¿De dónde demonios había sacado su abuela esa dichosa arma?

-Perdona hijo, pensaba que eras Mussolini. Han dicho en el parte que vuelven los camisas negras, vamos entra, que tenemos que escondernos.

No volvió a casa hasta bien entrada la noche. Agotado, saludó a la pequeña Ales con un beso en la frente mientras Gianni la arropaba, y a él le prometió que le contaría lo que había pasado después de ducharse. Así que cerró el pestillo, abrió grifo y se dejó caer en el suelo, con la espalda apoyada en la bañera. Necesitaba recomponerse antes de contar todo a Gianni, últimamente estaba muy estresado con su trabajo y no quería que soportase aún más cargas sobre sus hombros.

No podía asimilar que la mujer que prácticamente lo había criado se hubiese visto reducida a… A una loca anciana vestida con una sábana bajera que dejaba sus partes bajas al aire mientras se protegía con una escopeta robada de la segunda venida de Mussolini. No, es que no podía ni… Tenía que hacer algo por ella. Le debía todo.

Le había enseñado a leer, a escribir, a opinar y a pensar, le había animado a que no dejase la universidad cuando llegaron los malos tiempos, a no rechazar a Gianni a pesar de la existencia de la de aquellas llorona Ales. Ella le había descubierto Plutón, maldita sea. No creía que hubiese sido astrónomo si no hubiese sido por haber estado a su lado mientras escribía El canto de las estrellas. Aquella mujer había cimentado sus sueños, su vida entera, su felicidad. Y ahora era ella quién lo necesitaba, y no sabía qué hacer.

No salió del baño hasta que se aseguró de que no era evidente que las lágrimas se habían paseado por su rostro. Y cuando lo hizo, se encontró a Gianni al otro lado, con la bata puesta y una taza en la mano. Y se lanzó a sus brazos. El cálido y cariñoso abrazo del hombre que amaba era justo lo que necesitaba, y eso fue lo que recibió. Pietro no fue capaz de hablar, únicamente necesitaba sentir que no estaba solo, y Gianni lo sabía. Tampoco le hizo falta decirle nada, había deducido exactamente todo lo que estaba pasando.

-Cariño, no pasa nada, puede venirse con nosotros –le susurró al oído.

Esta vez, en lugar de usar el brazo para protegerse del sol necesitó un paraguas para cubrirse de la lluvia. Miró hacia el coche para echar un vistazo a Gianni y a Ales a través de los empañados cristales, e imaginó que ese borroso gesto en la cara de su pareja era una sonrisa de apoyo. Les había pedido que esperasen ahí, no quería asustar a su abuela, y mucho menos tener a la niña cerca si volvía a estar armada.

Timbró un par de veces, pero nada. Ni siquiera apareció Ossimoro, como solía hacer. Qué raro. Giró el pomo y, afortunadamente, la puerta cedió, así que se sumergió en la oscuridad de la casa. Tendría que haber ido antes, no esperar al fin de semana, así habría ido con luz solar y no tendría que andar a tientas en la oscuridad tanteando las paredes por unos interruptores que no encontraba.

No tardó en escuchar los maullidos de Ossimoro y se dispuso a seguirlos. Seguramente le estaría pidiendo comida a su abuela o algo, y por eso ninguno de los dos había aparecido. Pietro la llamó, pero el gato era el único que le respondía. Por fin encontró el interruptor del pasillo, pero no funcionaba. Bombillas fundidas, seguramente. Su vista se había adaptado un tanto a la oscuridad, así que ya podía intuir que estaba llegando a la cocina, de dónde llegaban los maullidos de Ossimoro.

El golpe que se dio contra el suelo fue cuanto menos curioso. No había visto las dos sillas apiladas horizontalmente en la puerta de la cocina, y se había caído de bruces contra las frías baldosas. Su abuela debía de haberlas puesto como barricada para protegerse de Mussolini.

Se levantó, dolorido y con cuidado, mientras seguía hablando a la anciana sin respuesta.  Esta vez dio con el interruptor sin problema, y una tenue luz bañó la cocina. Le costó asimilar lo que tenía ante él. La gran Francesca Biancci se encontraba tendida sobre el suelo, vestida con una blanca sábana bajera que no cubría ni la mitad de lo que debería, bañada por la sangre que brotaba de una abertura en su cabeza, que reposaba contra el zócalo contra el que debía haberse golpeado al caer. Debería haber ido antes, lo sabía...

Y Pietro lloró. Lloró, y luego lloró otra vez. Notó como el móvil vibraba en su bolsillo, pidiéndole a gritos que llamase a Gianni para que le dijese que estaba pasando. Pero se limitó a enviarle un mensaje diciéndole que esperase en el coche. Y siguió llorando. Sabía que debía llamar al 112, pero no podía permitir que su abuela fuese recordada así.

Así que, todavía sumergido en un mar de lágrimas, y después de mandar unos cuantos mensajes a Gianni para tranquilizarlo, cogió un viejo traje y un peine de la habitación de su abuela, concentró todo el cariño que sentía por ella en sus manos, e hizo lo que creía correcto. No pudo salvarla, pero le debía algo. Le debía todo. Y aunque ya no estuviese allí, era una deuda que no olvidaría jamás.


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"Recordamos su amor cuando ya no pueden recordar." 
Anónimo

domingo, 24 de enero de 2016

Aldonza de Vizcaya

Palabras: Amor, Gato, Zapato de tacón, Esperanza, Flores

Aldonza repasó una y otra vez la tira de cuero que acababa de coser al resto de su creación. Le había llevado meses de trabajo, de cálculos y estudio, pero creía que ya estaba. En apenas unos días Doña Sancha podría probárselos, y la felicitaría y recompensaría por su éxito. Quizás la ayudaría a montar un comercio, dónde podría hacer muchos más y vendérselos a la gente acaudalada de la región. Y hasta acudirían reinas y princesas, y comerciantes y mercaderes y magnates de lejanas ciudades y reinos, y sería conocida desde Finisterre hasta la Tierra Santa.

Con una sonrisa de par en par, Aldonza se movió como llevada por una nube a través de los pasillos del castillo, hasta que llegó a los aposentos de Doña Sancha. Mientras ella dormitaba a pierna suelta en su alcoba, la ilusionada joven revoloteó de un lado para otro en las estancias, limpiando y ordenando las pertenencias de su señora.

Como siempre, no pudo evitar detenerse a admirar el rosal que crecía como una cascada de rosas desde los jardines hasta la ventana. Acarició los pétalos con cariño y reverencia, pensando lo mágico que era que hasta las más hermosas de las flores vigilasen a la señora en sus dulces sueños. Acercó con parsimonia su pecosa nariz a una de las flores, y se alimentó del fragante aroma que desprendía.

Entonces escuchó como se abría la puerta de la alcoba principal, y se movió presta a recibir a Doña Sancha Díaz de Haro, la hermosa hermana menor del señor de Vizcaya, bostezando cual osezno. Aldonza la acompañó a su tocador, y durante la hora siguiente se encargó de maquillarla, peinarla y vestirla mientras charlaban risueñas sobre los chismorreos del reino.

Al tiempo que Aldonza acababa de recoger sus dorados cabellos en un elaborado moño, Doña Sancha le preguntó cómo llevaba su invento. La dama de compañía se puso colorada, y respondió con ilusión que ya quedaba poco, que en apenas unos días podría probarlo y que sabía que le encantaría. La joven noble rio, le acarició las manos y le dio las gracias por todo antes de bajar de la silla y despedirse para atender a la comida familiar. Aldonza aguardó inmóvil con la espalda recta a que dejase sus estancias, contó hasta cien y entonces se escabulló como alma que lleva el diablo.

Mientras recorría los pasillos intentando no ser vista, no podía evitar pensar en lo orgullosa que estaba de sí misma. No sólo tenía en sus manos un gran invento que podría convertirla en una de las mujeres más adineradas de Castilla y en la envidia del resto de plebeyas, sino que haría muy feliz a Doña Sancha. Y es que a pesar de que era una de las nobles más hermosas que Aldonza había visto, tenía un problema que la impedía destacar sobre las demás, y que le había hecho ganar el  desprecio de numerosas damas de las cortes.

A Aldonza le parecía una necedad, pero ellas en cambio le imprimían una enorme importancia. Y es que Doña Sancha medía a duras penas poco más de vara y media, alcanzado su cabeza la altura del escote de la mayor parte de las mujeres que conocía. Aldonza había sido su dama de compañía y mejor amiga desde que habían florecido, y sabía que siempre se había sentido inferior por ello. Pero la solución estaba a punto de llegar.

Sumergida en sus pensamientos, al tiempo que olía la base del rosal en los jardines, se sobresaltó cuando una presencia apareció tras ellas. Pero el susto se transmutó casi instantáneamente en pasión cuando sus labios se fundieron con los suyos. No existía nada en el mundo que la hiciese sentir tanto calor como esa boca, esos labios, esa lengua…

Tras unos pocos segundos, que se le antojaron aun más breves si cabía, sus bocas se separaron y dio un paso atrás para poder admirar a Nuño de arriba a abajo. Aquellos ambarinos y felinos ojos que le devolvían una contenida mirada rebosante de deseo no hacían más que acrecentar su parecido con un gato, una elegante y sigilosa criatura que aparecía y desaparecía en apenas un instante, sin que nadie, ni siquiera ella, fuese capaz de percatarse.

Las fuertes y callosas manos de Nuño sostuvieron las suyas, finas pero desgastadas, con una ternura infinita. Antes de que él fuese capaz de contarle lo que quería, ella no se pudo contener y se arrojó de nuevo a sus labios. Llevaba un par de semanas sin verlo, y necesitaba sentir su cuerpo contra el suyo todo lo posible. Pero aunque a Nuño le costó decidirse, finalmente la detuvo, susurrándole que se había escapado de una reunión con el resto de guardias por hacerse un regalo a la vista, pero que tendría que irse pronto.

Aldonza miró hacia abajo, no quería que viese la decepción en su rostro, y el hombre agarró con un solo dedo su afilado mentón y la levantó con suavidad hasta que sus ojos se cruzaron de nuevo. La conocía demasiado, sabía perfectamente que esa felina mirada la tranquilizaba más que nada. Con suma consideración, Nuño añadió que antes de despedirse quería hacer una cosa.

Había encontrado algo acompañando al señor de Haro a Pamplona, y en cuanto lo vio supo que tenía que ser para ella. Pero mejor que no le preguntase como lo había conseguido. Aldonza era consciente de la gran habilidad de Nuño en el antiguo arte del hurto, así que asintió, mejor no saberlo. Las ágiles manos del joven rodearon su cuello, y acto seguido sintió como una fría pieza de metal se dejaba reposar sobre su escote.

Aldonza, emocionada, agarró el colgante y estuvo a punto de derretirse allí mismo cuando lo vio de cerca. Una rosa plateada, torpemente grabada, pero perfecta a su manera. Sobre todo teniendo en cuenta quién se la había regalado. Levantó la cabeza para agradecerle el detalle, pero había desaparecido. ¡Condenado y silencioso gato! No se había dado ni cuenta, como siempre.

Esa misma noche, Aldonza presumía ante Doña Sancha de su nueva joya, aunque obvió decirle de quien era, y su señora y amiga evitó insistir. La noble sabía perfectamente que no se lo contaría, los padres de Aldonza la habían colocado lo suficientemente bien como para casarla con algún ricohombre o caballero, y no con un plebeyo de baja estrofa cualquiera, y no revelaría su secreto a nadie.

Hacía bien, ojalá ella tuviese el valor suficiente para ignorar a sus padres, y evitar unirse de por vida a algún noble castellano aleatorio que la despreciaría toda su vida por su ínfima altura, al igual que todos las demás. Aunque quizás el invento de Aldonza le ayudase con ese tema.

Unas horas después, al son de los ronquidos de su señora, Aldonza admiraba su obra. Se había desvelado pensando en lo poco que quedaba, y no se había dado por satisfecha hasta que la hubo terminada. Se secó el sudor nervioso de su frente con la manga del camisón, e iba a guardarlo bajo su cama cuando sintió unos brazos alrededor de su cintura.

Esa vez no se asustó, ya estaba acostumbrada, sino que se giró rápidamente y con el impulso suficiente como para arrojar a Nuño sobre su cama. Él se rio silenciosamente y maulló juguetonamente, lo que aceleró el corazón de Aldonza y la acaloró por completo. Pero esta vez fue ella quien se contuvo. Solo era un momento, se dijo. Se dio la vuelta, y rebuscó algo entre sus cajones de roble.

Nuño se sentó, extrañado, y quiso saber qué hacía, a lo que ella respondió que no era el único que había tenido tiempo para presentes en esas dos semanas. Sostuvo entre sus manos un fardo de tela negra y entonces lo extendió para que lo apreciase en todo su esplendor. Era la primera vez que veía la sorpresa en sus ojos, y lo degustó con placer. El hombre se quedó paralizado, como un gato hipnotizado por la luz de un candil en medio de la noche, mientras Aldonza lo instaba a erguirse y a darse la vuelta, y le colgaba la capa negra con un detallado y amenazador gato dorado bordado en su dorso.

En cuanto la hubo anudado, Nuño la cogió por la cintura y la apretó contra su cálido cuerpo en un apasionado abrazo. Aldonza, orgullosa de haberlo sorprendido por fin, lamentó que ahora tuviese que quitársela, a lo que él contestó que no era necesario, antes de regalarle una perversa sonrisa que hizo temblar las piernas de la mujer. Y de repente, sus piernas temblaron más aun cuando escucharon el estruendo de las campanadas de alarma de la villa. Alguien había penetrado las murallas.

Aldonza miró suplicante a Nuño. Por favor, no tenía por qué ir, un guardia más uno menos, ¿a quién le importaba? Pero sabía que no iba a hacerle caso. Bastó que se girase al oír a Doña Sancha salir de su alcoba para que él se desvaneciese en las sombras. No…

Pero ella no podía hacer nada, era una dama, no sabía luchar, lo único que sabía hacer era esperar. Así que agarró las manos de Sancha para intentar calmarla y se sentó. Se preguntaba cuánto estaría durando el eterno, cuando sonaron las campanas de nuevo. Más intrusos habían entrado… Se llevó una mano a la rosa de plata que colgaba entre sus senos. Nuño…

Tenía un mal presagio, no podía dejarlo solo. No sabía luchar, no sabía defenderse, pero tenía que hacer algo. Así que pidió unas rápidas disculpas, soltó las manos de Doña Sancha y se dirigió corriendo a la ventana. La luz del alba ya se asomaba tímidamente en el horizonte, así que podía ver sin problema su amado rosal.

Desoyendo los gritos de su señora, las lágrimas de sangre de sus extremidades y los lloros de sus ropajes por los rasguños sufridos, descendió por el rosal como si de una escala se tratase. Cualquier otro día le habría parecido una locura, pero en ese momento la lógica había perdido el gobierno de su cerebro. Ignorando el dolor, se descolgó de las dañadas plantas, se descalzó y echó a correr hacia el sonido producido por los gritos y el choque de acero contra acero.

No tardó en encontrarse con la encarnizada lucha, pero evitó prestar atención a los cadáveres y a los desmembramientos. Sus ojos parecían funcionar solamente para encontrar a Nuño, cualquier otra cosa estaba bloqueada para ellos. Pero hubo algo que sí que pudieron reconocer, y fue una negra y rasgada capa con un animal dorado bañándose en un charco de sangre. Nuño, no…

Entonces a sus oídos llegó una voz que reconocía mejor que la suya propia, y supo que era él. Sus pies la llevaron hasta allí sin pensar, y ahí estaba él, con una fea hendidura en su costado que manchaba su espalda de sangre y un enorme caballero frente a él, listo para embestirlo. De nuevo, Aldonza no pensó. El mundo entero se volvió borroso, y de repente se encontró a si subida a los hombros de ese endemoniado invasor, mordiendo con tanta fuerza su cuello que pudo sentir la carne y la sangre en sus confusas papilas gustativas.

El tiempo se detuvo, pero a la vez se aceleró. No sabría cómo describirlo. Puso los pies en el suelo, pero se sintió flotar, vio a Nuño, le sonrió, y él le respondió con un grito. Y entonces se vio poseída por un dolor sin parangón, y todo se volvió rojo primero, negro después, y por último, nada.

Doña Sancha llegó corriendo a las habitaciones del servicio, dónde una criada la guió al lecho dónde reposaba una pálida y débil Aldonza. Lo que la mujer le susurró sobre su estado la dejó devastada, pero mantuvo la compostura. Ya tendría tiempo de llorar, su amiga no podía verla así. Se arrodilló junto a ella y la cogió de la mano que tenía libre, ya que la otra se negaba a separarse de esa rosa que reposaba sobre su pecho.

Los ojos inyectados en sangre y desvaídos de su dama de compañía parecían estar haciendo un gran esfuerzo para simplemente permanecer abiertos, y sintió como la tristeza estuvo a punto de tomar el control de sus emociones. Pero la habían educado como a toda una dama, sabía cómo mantenerlas a raya. Murmuró a su amiga que había sido muy valiente, pero muy estúpida, y que esperaba que nunca volviese a hacerlo. Y Aldonza respondió, con un tono que dio a entender que sabía perfectamente que no podría volver a hacerlo, que lo único que quería saber era si su Nuño estaba bien.

-Sí, claro querida, tú lo salvaste –respondió con un nudo en el garganta.

-Gracias señora, necesitaba saberlo. Y por cierto, -añadió con voz apagada y temblorosa- ¿probó mi invención?

-Sí amiga mía, y funcionan a las mil maravillas. Gracias a ti no me sentiré como una enana entre las chismosas damas nunca más –contestó antes de besarle en la sudorosa frente.

Una sonrisa. Una cansada sonrisa fue lo último que salió de Aldonza antes de apagarse para siempre. Doña Sancha, incapaz de derramar una lágrima ante el resto de sus súbditos, abandonó a toda prisa las estancias del servicio y corrió hacia sus aposentos.

Allí se encontró con el desastre que ella misma había causado al enterarse del destino de Aldonza, la carta hecha añicos que le comunicaba la muerte del guardia que su amiga había intentado rescatar, y unos zapatos con una especie de taco bajo el talón que se habían destrozado en cuanto los había probado. Los recogió con cariño, los abrazó y se echó a llorar, desconsolada.

Por lo menos había conseguido hacerla sonreír. Por lo menos había logrado que la esperanza no abandonase su espíritu en sus últimos momentos, a pesar de que tuviese que mentirle para ello. Recogió los pedazos de papel y les echó una última mirada desconsolada antes de arrojarlos por la ventana. Esperaba que los dos se reencontrasen ahí arriba. Porque ella era Aldonza de Vizcaya, y si hubiese vivido habría sido conocida desde Finisterre hasta la Tierra Santa, y no se merecía menos.

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*Como apunte, no existían zapatos de tacón en esa época, por si a alguien le falla algo en la historia.

"Mientras hay vida hay esperanza." 
Teócrito 

viernes, 22 de enero de 2016

Sonrisa olvidada

Palabras: Mundo, Hamburguesa, Hormiga, Amor, Álbum

Ndèye dio otro mordisco al delicioso manjar que le acababan de poner en las manos. Hamburguesa, le había llamado Iván. Le había pedido disculpas mientras se la ofrecía, lamentando no haber podido invitarla a algo mejor. ¿Disculpas por qué? En su vida había degustado algo tan sabroso.

El joven le estuvo hablando mientras la devoraba, pero estaba tan ensimismada en la comida que apenas le hizo caso. Necesitaba concentrarse para entender el torpe francés del chaval, y estaba demasiado hambrienta como para hacerlo. Cuando terminó, sus ojos se encontraron con una tímida media sonrisa, y aunque Ndèye intentó corresponderla, sus músculos faciales aun no estaban listos para ello.

Fue consciente de la pérdida de brillo en los ojos de Iván, pero no podía hacerle nada. Estaba encantada con él, de verdad, no podía haber pedido un acompañante mejor, pero simplemente no podía. Había pasado por demasiado últimamente, y ni un baño de bondad, como la que emanaba de él, era capaz de curarla.

Avergonzada por lo que pasaba por su cabeza, se disculpó para ir al cuarto de baño un momento. La expresión de Iván le decía que había susurrado tanto que no la había entendido, así que señaló hacia donde se encontraba el servicio y él asintió. Estaba caminando hacia allí, con los hombros encogidos, la cabeza baja y las manos hechas un manojo de nervios, cuando se dio cuenta de que no lo llevaba.

Se dio la vuelta en un suspiro, temiendo habérselo olvidado, pero enseguida se calmó. La bolsa estaba colgada del respaldo de su asiento, justo donde la había dejado. Un movimiento brusco del cuerpo de Iván, girándose para quedar de espaldas a ella, le hizo darse cuenta de que la había estado observando continuamente. Durante un momento se sintió muy incómoda, muy sucia. Los hombres que la miraban de esa manera desde que había llegado a España no solían tener buenas intenciones. Pero entonces una vocecilla en su cabeza le dijo que se calmase, le recordó que aunque Iván no fuese policía, seguramente sus padres le habían pedido que no la perdiese de vista.

Más tranquila, se dispuso a ir por fin al cuarto de baño, pero antes de eso tuvo que dar la vuelta. No era capaz de dejarlo allí, sabía que Iván era buen chico y no lo robaría ni nada, pero… Simplemente no podía. Así que cogió la bolsa, intentó sonreír al joven, de nuevo sin éxito, y se dirigió apresurada y avergonzada al servicio.

Ya allí apoyó la bolsa en el suelo, bajó con facilidad la larga y vaporosa falda, que le había prestado la madre de Iván y era varias tallas mayor de lo que necesitaba, y se sentó sobre el frío retrete. Se llevó las manos a la cara, cansada, y dejó que su cuerpo descansase. Finalmente todo parecía ir bien, no podía creerlo. Mejor dicho, no sabía si creerlo. No podía fiarse. No podía cometer el mismo error que sus padres.

Ellos se habían fiado de aquellos hombres, allá en Senegal, cuando les habían prometido que cuidarían de sus hijos. “Podrás conocer mundo cariño, eso es lo que importa”, le había repetido su padre un millón de veces. Y ella les había creído. Total, se suponía que eran amigos de su padre, de cuando tenía un trabajo, antes de perderlo todo. Ella apenas lo recordaba, era muy pequeña cuando su familia se había arruinado. Una de las pocas posesiones que conservaban de aquella época estaba en el interior de la desgastada bolsa de tela que se encontraba sobre el suelo húmedo y sucio, apoyada contra su pierna derecha.

No había estado segura de querer llevarla consigo en un viaje tan largo y peligroso, pero su madre había insistido. Casi la pierde cuando la embarcación en la que iban estuvo a punto de volcar, o cuando los sanitarios los habían rescatado en la costa andaluza. Aunque en aquellos momentos estaba más preocupada por no mirar ella misma, siempre había reservado las fuerzas suficientes para aferrarse a aquella bolsa. Cuando aquella amable pareja francoparlante la había encontrado vagando por las calles de Granada, había perdido a Amath, su querido hermano, pero no el contenido de la bolsa.

Cuando aquella pareja demostró no ser tan amable, pensó que no volvería a verla. Fue metida a la fuerza en el maletero de su coche durante horas y horas, hasta que cuando por fin pudo respirar aire fresco al llegar a su destino, fue confinada en las cuatro paredes de aquella pequeña casa de las afueras de Verín. Lo siento papá, parece ser que no conocería mucho mundo. Todo el mundo que conocía era una antigua y mohosa casa perdida en los montes galaicos.

Había intentado resistirse, claro que lo había hecho, pero era demasiado pequeña, demasiado débil, estaba demasiado cansada de la vida como para poder ganar. Los primeros meses la habían mantenido siempre atada, y había aprendido a palos de parte de la mujer como debía cuidar una casa. Finalmente la habían liberado de sus ataduras físicas, pero sabían que no las necesitaban para mantenerla allí. Oh sí, ellos lo sabían. Sabían perfectamente que Ndèye había perdido la fe, la fuerza, las ganas, que lo único por lo que vivía era para obedecerlos a cambio de tres comidas al día y un sitio donde dormir. No era la primera joven a la que tenían allí, ni sería la última.

Entre ellos hablaban en gallego para que no los entendiese, pero con el tiempo había ido aprendiendo, y se enteró de que el siguiente paso era venderla a alguien. No entendía muy bien qué estaba pasando, ni si la vendían como esclava doméstica o para cosas aun peores, sólo sabía que no podía seguir así. Recordaba aquel momento perfectamente, aquella hormiga escalando por su ropa, como la había cogido y había estado a punto de aplastarla con sus dedos cuando decidió posarla en el alféizar de la ventana y dejarla vivir. Ella era una hormiga, no era más que una pequeña y desvalida hormiga, con la que los gigantescos humanos podían hacer lo que querían.

Por Alá, ¿cuánto tiempo llevaba en el baño? Le extrañaba que Iván no hubiese aparecido ya para preguntarle qué pasaba. Se limpió rápido con el papel higiénico, se colocó la ropa, agarró la bolsa como si fuese lo más importante del mundo, tiró de la cisterna y salió. No pudo evitar detenerse ante el espejo. La verdad, en la semana que llevaba en su nuevo hogar, no se había fijado mucho en su aspecto.

Se llevó una grata sorpresa. Su cara parecía más viva, más brillante. Sus mejillas algo más rellenas, su pelo más lustroso, sus ojos más tranquilos. Qué cambio en apenas siete días. Qué poco tiempo había pasado desde que la hormiga había decidido que no quería ser una hormiga. Desde que se encontró a sí misma, en el baño, con un cuchillo sobre su muñeca, y cambió de idea. Sus padres lo habían dado todo porque ella dejase atrás la miseria, porque pudiese conocer el mundo más allá de su diminuta, atestada y enfermiza cabaña. Por ellos, no podía rendirse.

Realmente, una vez reunió el valor para rebelarse, no fue tan difícil. Quizás ellos fuesen más fuertes que ella físicamente, pero había algo que no tenían. La mezcla de ira, desesperación, amor perdido, ganas de venganza y miedo que se cocinaban en el interior de Ndèye había sido el combustible necesario para huir. La pareja la había visto, sí, y la habían perseguido. Pero no había quien parase sus piernas.

Ndèye se lavó las manos y la cara, y volvió al comedor del restaurante. Allí se encontró con la cara de preocupación de Iván, y le pidió disculpas. Él le respondió que no tenía por qué darlas, y entonces le comentó que tenía una duda, pero que le daba vergüenza preguntar. La mujer no dejó que sus prejuicios se apoderasen de su cabeza esta vez. No, el chico no iba a hacerle nada malo.

El chico era como su padre, y como el resto de policías que la habían encontrado corriendo por el bosque y la habían protegido de aquella malvada pareja. Afortunadamente, la gente ya sospechaba de ellos, y encontraron las pruebas suficientes como para creer a una simple chiquilla africana sin hogar que apenas sabía su idioma. 

El padre de Iván se había ofrecido a acogerla enseguida, con el pretexto de que su mujer y su hijo sabían algo de francés. Al principio había desconfiado, ¿cómo no hacerlo, después de todo? Y aunque se había demostrado ese mismo día que todavía conservaba alguna duda, no podía encontrar ningún motivo lógico para quejarse. La habían tratado con cariño, como a una más. Le habían proporcionado un techo, comida, cariño… Después de su familia, nunca nadie había cuidado de ella así.

Y ahí estaba, gracias a Iván, era el primer día que se atrevía a dejar la que era su nueva casa. Le había costado, pero el chico había insistido y no supo cómo decirle que no. Era la persona más tímida y sonriente que había conocido en su vida, y había algo en él que la hacía querer seguirle a cualquier parte. Y menos mal que le había hecho caso, sino no habría probado esa delicia llamada hamburguesa. Su paladar se encontraba en la panacea gracias a ello.

Además, no podía olvidar una cosa, y es que aunque fuese una tontería, había sido él quien se lo había devuelto. Pensaba que sus captores se habrían deshecho de su más preciada posesión, estaba segurísima. Y entonces aquel día, el tercero en la cálida casa de la familia del policía, si no recordaba mal, Iván había petado en la puerta de su habitación, y lo había visto ahí, con una sonrisa en los labios y aquella bolsa de tela en las manos… Ojalá hubiese sido capaz de sonreír ella misma para expresar su felicidad. Había sido el mejor momento de su vida, su corazón había dado tal brinco que estuvo a punto de llevarla a la Luna como si nada.

Y precisamente era de eso sobre lo que Iván quería hablarle. Recordaba habérselo entregado y que ella, tras darle las gracias, lo había abrazado con cariño. Sabía que lo llevaba a todas partes con ella, y que por lo tanto, era algo muy importante, pero no había tenido oportunidad de verlo, y tenía mucha curiosidad.

El primero reflejo de Ndèye fue abrazar la bolsa con fuerza, en ademán protector. Entonces Iván le pidió perdón, y le dijo que no importaba, que entendía que no era quién de verlo. Y ver como desaparecía la eterna sonrisa de la cara de Iván la hizo reaccionar. Era el chico que se la había devuelto, el chico de la hamburguesa, por el amor de Alá. No iba a quitársela, no iba a hacerle daño. Y lo sabía perfectamente, pero parecía que intentaba convencerse a sí misma de lo contrario.

Así que abrió la bolsa, y sacó su valioso contenido. Se acercó a Iván, para que lo viese bien, y entonces abrió el viejo y desgastado álbum de fotos en el que se conservaban las pocas y viejas fotos de su familia. Sus padres, Amath, sus otras dos hermanas, todos estaban allí, mirándola fijamente, felices para toda la eternidad. Notó que los músculos de su boca intentaban hacer algo, pero no lo conseguían. Iván señaló una foto en la que salía ella de pequeña, en la que le faltaban un par de dientes y sostenía una gran pelota de cuero entre sus huesudas manos, y comentó que estaba muy guapa cuando se reía.

Ndèye lo miró, y vio que había recuperado su sonrisa. Pero esta era distinta, no era como la de siempre. No, había en ella algo especial, algo que obligó a su cara a imitarla. Y como respuesta, sintió como todo su cuerpo se revolucionaba. No podía dejar de sonreír, los latidos de su corazón aumentaron como locos, sus manos tuvieron que soltar las hojas del álbum porque las recorrían unos extraños temblores, el calor se apoderó de sus mejillas y de su pecho.

¿Qué había en esa sonrisa del chico de la hamburguesa, que estaba revolucionando el cuerpo de aquella hormiga que no quería ser tal? No lo sabía, pero sí que se dio cuenta de una cosa. Sus padres se equivocaban. En apenas unos instantes, se había percatado de una cosa. Lo importante no es conocer el mundo, sino encontrar su lugar en él. Y gracias a ellos, creía que acababa de encontrarlo.

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"Una sonrisa es una línea curva que lo endereza todo." 
Phyllis Diller 

miércoles, 20 de enero de 2016

Correo basura

Palabras: Spam, Tergiversar, Sempiterno, Otorrinolaringólogo, Supercalifragilisticoespialidoso

-Supercalifragilisticoespialidoso, aunque suene extravagante, raro y espantoso, si lo dice con soltura sonará armonioso…

Mary Poppins seguía cantando y bailando, impasible a lo que pasaba al otro lado de la pantalla. No, a Mary Poppins poco le importaba lo que estaba pasando en el salón de aquella modesta vivienda del sur de Islandia. No sintió nada cuando llegó la joven chica rubia a la casa, y se quedó inmóvil de espaldas al televisor. Y aunque lo hubiese hecho, tampoco habría podido consolarla ante la visión de sus padres y su hermana, dormidos en un eterno sueño.

-Supercalifragilisticoespialidoso, aunque suene extravagante…

La canción seguía sonando en su cabeza, como el sempiterno recordatorio de aquel fatídico día. Habían pasado cinco años desde aquel escape de monóxido de carbono, pero no había sido capaz de superarlo. Aquel había sido también el día en el que había empezado la meteórica carrera de la doctora Katrín Sigmundsdóttir, la proclamada promesa de la otorrinolaringología por sus maestros. Y también el día en el que había terminado.

Katrín dejó encendiendo el anticuado y lento ordenador mientras se preparaba un café con la oxidada cafetera. Acompañada por la música producida por el borboteo incesante de la bebida y el ronroneo del ordenador, fue hasta la entrada y se abrigó antes de salir. Como cada martes, se encontró sobre el raído felpudo un pequeño montón de cartas. Basura, basura, basura, basura. ¿De qué valía vivir en el quinto infierno de la isla sin acceso a internet si el correo basura acababa llegando a ella igualmente?

-Supercalifragilisticoespialidoso…

Katrín se atragantó con el café. Últimamente era peor, la voz de la maldita Mary Poppins se había asentado en su cabeza más profundamente que nunca. Limpió el líquido tostado del teclado con un pañuelo, y dio gracias por no haber estropeado nada. Entonces prosiguió con su artículo. Podía ser que llevase cinco años alejada del mundo, pero eso no la impedía seguir trabajando. No como médico o investigadora, como había soñado tiempo atrás, sino que escribía una columna científica en una conocida revista internacional.

Sabía perfectamente que no la habían contratado por méritos propios, sino por su historia personal, por su excentricidad. Quedaba muy bien anunciarla como “portento de la otorrinolaringología que tras la trágica muerte de su familia se había recluido en las heladas profundidades de Islandia, lejos de internet, redes sociales y cualquier tipo de contacto humano”.

Sí, ¿a quién no vendería eso? Feministas, hipsters, fumetas, morbosos, anticapitalistas… Todos querían un poco de la tragedia y el conocimiento de la doctora Sigmundsdóttir. Podía sonar superficial, pero así era. Además, ¿quién se iba a ofender? ¿La cafetera? Estaba sola, y podía hacer lo que le venía en gana, ¿qué había mejor? Ni ella misma se lo creyó ni por un segundo, pero no lo reconocería.

-Supercalifragilisticoespialidoso…

Mierda, el jabón. Katrín se agachó con cuidado, para no resbalar en la ducha. Como se hiciese daño de verdad al caerse, a ver quién le ayudaba a levantarse. A ver quién le ayudaba… Sacudió la cabeza, metiéndose el pelo embadurnado en champú en la boca, lo que la hizo estornudar con fuerza. Sintiéndose estúpida, se aclaró la cabeza y salió de la ducha.

Tenía que estar sola, no podía planteárselo de otra manera. Aquel día se lo había dejado claro. Si triunfaba, sus seres queridos sufrían. Si lo olvidaba, Mary Poppins se encargaba de recordárselo. Mientras se secaba en frente del espejo, notó una extraña rugosidad en su pecho derecho. Extrañada, masajeó la zona con la mano un par de veces más. ¿Sería algo malo? Quizás no era nada, pero debería ir a un hospital. Bueno, mejor no. Lo de ir al hospital era innecesario. Tendría que estar un día entero por lo menos allí, rodeada de gente, gente que sudaba y hablaba… No, mejor quedarse en casa.

-Supercalifragilisticoespialidoso…

El catálogo de IKEA cayó lejos de la chimenea, así que Katrín se resignó, suspiró y se levantó del sillón con parsimonia para echarlo al fuego. En él se unió con el resto de folletos de rebajas, telefónicas y supermercados que aparecían cada martes en su entrada. Polvo al polvo, y basura a la ceniza. Volvió a sentarse, y resumió la relectura del fajo de folios recién impresos que había dejado en el reposabrazos.

Su columna parecía fría e insustancial, como gustaba a sus fans. Perfecto. Ahora solo le quedaba encuadernarla y dejarla lista para cuando hiciese su visita semanal a Akureyri a por provisiones para enviarla por correo a la revista.

-Supercalifragilisticoespialidoso…

Katrín tuvo que apoyarse en la pared para mantener en el equilibrio. No era la primera vez que le daban mareos, pero esos eran distintos. Le recordaban a algo, alguna vez en su vida los había tenido. Tonterías, serían cosas suyas. Sería un mareo normal y corriente, lo mejor que podía hacer era desayunar. Así que lo mejor era dejar el correo en la mesa y ponerse a cocinar. Y por eso estuvo a punto de no ver la carta blanca que sobresalía entre el montón de correo basura.

 Era una oferta de la Universidad de Berkeley, ofreciéndola una plaza como investigadora. Sabían de su fama como otorrinolaringóloga, y a pesar de sus años inactiva, creían que podría ser la adecuada para los estudios que se estaban realizando allí. No era un mal trabajo, la verdad, pero no podía aceptarlo. ¿O sí? No, qué tontería. Tenía que estar sola, lo tenía claro… ¿Qué demonios? ¿Se acababa de mear?

-Supercalifragilisticoespialidoso…

Recogió del suelo el trozo de papel higiénico ensangrentado. No podía ser. Se suponía que había dejado de pasarle, que aquel día no solo había perdido su familia, sino la posibilidad de tener una nueva. Todo su mundo se estaba derrumbando por un poco de sangre. No entendía nada, ¿qué estaba pasando?

-Supercalifragilisticoespialidoso…

Katrín estornudó cuando el humo penetró sus fosas nasales. Se había acercado demasiado al fuego, siempre se distraía cuando escuchaba a esa loca mujer del paraguas volador en su cabeza. Uff, que mareo, tenía que sentarse. Se dejó caer sobre el mullido sillón, y entonces, sonrió. Esa sensación de que el mundo daba vueltas por cualquier tontería. Siempre se había quejado durante esos días del mes, pero ahora…

Podía tener hijos. No, no iba a tenerlos, podía perderlos. Pero podía. Una pequeña niña rubia dormitando en su regazo. Oh dios, podía tenerla. Entonces se llevó la mano al pecho, donde había notado el extraño bulto. Si le pasaba algo no podría… Tenía que ir al hospital. Y no podía criarlos ahí. ¿Qué clase de niño podría crecer en una soledad como aquella?

¿Qué le pasaba? No, no podía. No podía dejar que volviese a repetirse la historia. Ya había perdido suficiente. No estaba pensando con claridad. Sostuvo un arrugado folleto sobre depilaciones láser y lo lanzó al fuego. Cogió otro de una clínica dental, e hizo lo mismo. Se dispuso a ver arder el siguiente, pero se detuvo. La carta de Berkeley.

 -Supercalifragilisticoespialidoso…

Katrín soltó un gemido al sentir la fría crema sobre su piel. Olga se disculpó, pero ella le respondió que no pasaba nada, simplemente que algo que le rondaba en la cabeza la había distraído. La investigadora rusa sonrió y continuó aplicándosela. Era algo casi semanal últimamente, su pálida piel no se había acostumbrado todavía al clima en California. Y eso que llevaba ya dos años allí. ¿Quién le iba a decir que la mayor oportunidad de su vida iba a estar escondida entre toneladas de correo basura?

Sí, la cantarina voz de Julie Andrews seguía en su cabeza. Seguramente estaría ahí eternamente, pero había aprendido. Le parecía fascinante pensar lo que había hecho a sus ideas algo tan natural y asqueroso, algo tan mundano para una mujer cualquier, algo por lo que había odiado tener un estúpido útero durante tantos años. Le había hecho darse cuenta de que podía tener una familia aún. Quizás nunca tuviese hijos, pero podría tenerlos.

Y eso le había hecho ver cómo había tergiversado todo. Como su dolor se había refugiado echándose a sí misma las culpas por lo que había pasado. ¿Qué clase de científica aceptaba que su éxito había podido causar…? Una asustada. Una dolida. Una abandonada. Una que necesitaba a alguien a quién culpar, y solo se había encontrado a sí misma.

-Supercalifragilisticoespialidoso…

Había pulsado la micropipeta demasiado pronto, y la punta amarilla de plástico cayó sobre el medio de cultivo. Mierda. La recogió con cuidado y la tiró al frasco de cristal que tenía en frente. Tendría que hacerlo otra vez. Sí, esa canción no desaparecería de su memoria, no. Pero no tenía por qué. 

No era un castigo, no era una culpa constante. Simplemente era un hecho. No podía cambiar lo que había pasado, ni tampoco podría olvidarlo. Pero podía superarlo. Podía convivir con ello. Y eso iba a hacer. 

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"No confundas tu dolor con la culpa." 
Veronica Roth 

lunes, 18 de enero de 2016

Al otro lado del estrecho

Temática: Amistad

Palabras: Isla, Ceniza, Huir

El traqueteo del coche estaba poniendo a Hakim de los nervios. Había tenido que meterse por esas carreteras convencionales mal asfaltadas y repletas de baches porque su estúpido coche no daba para más. Es decir, no le llegaba llevar un coche lento de por sí, no, sino que además tenía que coger el camino más largo y peor cuidado. Pero valía la pena. Miró hacia el asiento del copiloto, donde se encontraba Amalia. Sí, por ella valía la pena.

Sus ojos volvieron a dirigirse al frente, y el cielo azul y la gris carretera se fundieron en su retina, conformando una escena de su pasado. Tenía siete años, y llegaba al orfanato por primera vez. Su madre había muerto hacía unos días, y acababa de enterarse de que la poca familia que tenía no era capaz de hacerse cargo de él. Podía sentir aun los ojos cansados de tanto llorar, las lágrimas secas en sus mejillas, la arrugada mano del asistente social que lo acompañaba... Y la mirada de una pequeña niña pelirroja de ocho años mientras jugaba con un cochecito de plástico.

¿Cómo olvidarlo? Esperaba sentado en una dura silla apoyada en la pared del pasillo, con sus cortas piernas colgando sin tocar el suelo, mientras al otro lado de una maciza puerta se rellenaba el papeleo que formalizaría su nueva vida. Entonces en escena entraba Amalia, arrastrando un pequeño descapotable rojo sobre aquel azul parqué, imitando los ruidos del motor con su boca. 

Él la observaba sin prestar mucha atención, como si no fuese más que un juguete que andaba por ahí porque alguien le había dado cuerda. Y entonces ella se había detenido ante él, lo había mirado con sus penetrantes ojos grises y luego le había sonreído. Y sin motivo aparente, otra sonrisa se había dibujado en la cara de Hakim. La primera desde que le había llamado la directora del colegio para comunicarle que… Mejor no acordarse de esa parte.

Adaptarse a la vida en un orfanato era difícil, pero Amalia hacía que pareciese fácil. La soledad, la ausencia de sus padres, abandonar el hogar… Todo amenazaba con abrumarle, pero ella era como una muralla que lo protegía, no, más bien, como una isla en la que podía refugiarse, un remanso de tranquilidad rodeado de un océano de sufrimiento. Sí, eso era. Cuando ella no estaba se sentía solo y asustado, pero cuando desembarcaba en la isla, todo eso desaparecía. Era como si al estar con ella su simple presencia le permitiese huir del dolor y sustituirlo por felicidad.

Los años pasaron, y Amalia era todo lo que una amistad podía soñar con ser. No era solo su amiga, era su familia, era su hogar, era todo lo que necesitaba y más. Era la sonrisa ante cada logro, el abrazo ante cada pérdida, la reprimenda ante cada estupidez y la compañía en cada juego. Y esperaba que él hubiese sido lo mismo para ella. No se merecía menos.

Un claxon sacó a Hakim de sus ensoñaciones. ¡Hostia!, el semáforo ya estaba en verde. Pisó el acelerador con fuerza, ya que estaba algo encasquillado, y continuó su camino ignorando los insultos del hombre que le había pitado. Al mirar por el retrovisor se fijó en que casi se pierde la señal que indicaba que se encontraba a 50 kilómetros de Gibraltar. Por fin, ya estaban llegando, pensó mientras desviaba la mirada de la carretera para echar un vistazo rápido a Amalia.

Sí, Gibraltar le traía muy buenos recuerdos. Se remontaba a unos doce años atrás, cuando los dos eran unos adolescentes, y él había encontrado una familia de acogida. Ella seguía en el orfanato, y aprovechaban para verse todo lo que podían, así que solían hacer escapadas todas las semanas. Ceuta no era muy grande, por lo que casi siempre acababan en algún lugar de la península de Almina. A Amalia le encantaban las vistas que había desde allí del otro lado del estrecho, y había conseguido que también conquistasen a Hakim.

Siempre hablaban de que alguna vez irían a Gibraltar, de que verían Ceuta desde el otro lado del mar, conocerían a esa gente que hablaba en inglés con acento andaluz y también a los famosos macacos del peñón. Sí, imposible no recordarlo. Una de esas tardes fue cuando Hakim se atrevió a contar a Amalia que no iban nada bien las cosas con su familia de acogida. Le había enseñado los moratones y las quemaduras de cigarrillo, y había visto la ira en sus ojos por primera vez.

Tendría que habérselo contado mucho antes, se dijo Hakim mientras se rascaba la barba, esperando que avanzase la cola para cruzar la aduana. Habían sido unos meses horribles, y la determinación de Amalia había conseguido salvarlo de ello en un par de días. Como siempre, su isla estaba allí para mantenerlo seguro. Si no fuese por ella, no podría haber huido de aquella casa, de aquel sonriente hombre que le pedía que le llamase "papi" mientras… Mejor no recordar aquello tampoco.

Mientras el coche circulaba por las estrechas calles de la villa, Hakim no podía evitar pensar que no era para tanto. Era poco más que un pueblo, un lugar cualquiera, que aparentemente no tenía nada en especial. Pero lo tenía para ellos. Podrían haber ido antes, mucho antes, pero siempre habían dado por sentado que tendrían tiempo. Los dos se habían mudado a Málaga para estudiar, pero habían decidido dejarlo para cuando tuviesen coche. Luego ella se había ido a trabajar a Madrid, y él había conocido a Carol, y aunque gracias a las nuevas tecnologías no habían perdido el contacto, sí que habían perdido Gibraltar. La verdad, apenas recordaba haberlo mencionado en los últimos años. Pero como estaba demostrando, no lo había olvidado.

Aparcó cerca de un acantilado, desde el cual supuestamente se veía su ciudad natal. Pero el cielo estaba demasiado nublado, se podía intuir una especie de sombra, pero podía ser tanto Ceuta como una ilusión óptica. Lo sentía mucho por Amalia, pero no podía hacer nada por solucionarlo. Ese viaje le había salido por un ojo de la cara, y todo para que unas malditas nubes les fastidiasen el momento. Pero bueno, no iba a mentir, había valido la pena. Por Amalia, todo valía la pena.

Así que Hakim abrió la puerta del copiloto, y cogió con sumo cuidado la urna que contenía las cenizas de Amalia. Con los ojos empañados, besó la fría superficie de cerámica y se dirigió al borde del risco. Había planeado dar un discurso, decir algo bonito para despedir a su mejor amiga, pero no era capaz. Lo único conseguía procesar su cabeza eran los miles de recuerdos de Amalia que se encontraban almacenados en ella, y se dio cuenta de que era suficiente. La mejor forma de honrarla era llevarla siempre en su memoria.

Así que, al mismo tiempo que las silenciosas lágrimas que recorrían su cara luchaban por no ser llevadas por el viento, Hakim abrió la urna y dejó que Amalia saliese volando hacia el mar. Se quedó allí, atontado, observando como las cenizas parecían ser transportadas mágicamente hasta la superficie del agua, como se depositaban en ella con la gracilidad propia de la vivaz pelirroja, y como flotaban unidas en una formación que parecía ensayada, como si de una isla se tratase.

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"Las buenas fuentes se conocen en las grandes sequías; los buenos amigos, en las épocas de desgracia." 
Proverbio chino

Podéis saber un poco más sobre Amalia en Zaratustra y el bosque de papel.