miércoles, 29 de marzo de 2017

Solo quieren divertirse

Palabras: Siempre, Flashback, Peinado, Borrachera, Improperio

Cualquier otro día, las vacías calles de Bujará a esas horas de la madrugada le habrían parecido aterradoras. Zamira habría estado pendiente de cada esquina, rezando por apareciese cualquier persona que le transmitiese seguridad. Nunca le había pasado nada en ellas, no conocía a nadie que le hubiese pasado nada, era más bien algo instintivo. O quizás, no era más que el fruto de todas las advertencias de su padre sobre lo peligroso que era para una chica caminar sola por la calle a tales horas de la noche.

Pero ese día era distinto. Solo esperaba que no apareciese nadie, nadie que pudiese verla. Podrían darse cuenta, y era lo último que quería. La vergüenza, el deshonor… Estaba segura de cualquiera podría verlos en sus ojos, olerlos en su piel. Se quitó los auriculares con la voz de Cyndi Lauper y sacó el pañuelo de tela que siempre llevaba en el bolso, regalo de la abuela Sitora. Siempre estaba en su bolso, ocupando espacio, ya que se negaba a ponérselo en la cabeza. Pero justo antes de entrar en casa, acompañada de los primeros albores del amanecer, se cubrió el cabello con él. De todas formas, el peinado que tanto le había costado hacer ya no existía, no había nada que enseñar tampoco.

Nada más abrir la puerta se encontró de bruces con su madre, con los brazos en jarra. Quien no la conocía bien, deducía por su metro y medio de altura, su eterna sonrisa y sus ojos afables que era la persona más calmada, tranquila e inocente del mundo. Pero ella la había visto enfadada antes, así que sabía a que atenerse. Pensó en ser fuerte, en no contarle nada, en soportar la bronca que le iba a caer e irse a dormir a su habitación. Pero en cuanto su madre abrió la boca para reñirle por haber llegado horas después del toque de queda y por el vodka en su aliento, sus piernas perdieron el valor y se derrumbó en sus brazos.

-Yo solo quería divertirme mamá.

-Lo sé.

Nadiya secó con su manga las lágrimas que todavía vagaban por las mejillas de su hija. Zamira la miró a los ojos y se los encontró devolviéndole la mirada, una mirada cargada de desolación y amor a partes iguales. Sabía que a su madre le habría gustado protegerla, le habría gustado arreglarlo todo con un chasquido de sus dedos, viajar en el tiempo si hacía falta. Pero no podía. No podía hacer nada. Solo cogerla en brazos, intentando protegerla de sus recuerdos, y advertirla de que no le contase nada a nadie. Especialmente a su padre.

Zamira lo entendía. Y algo en las palabras de su madre le hizo darse cuenta de que ella también la entendía, mucho mejor de lo que creía. Que ella y su abuela habían vivido esa escena, años atrás, bañadas en lloros, secretos, cariño, ira e impotencia. Y dolor, sobre todo dolor.

Se escucharon pasos desde el piso de arriba. Akram y Zokir debían haberse despertado ya, estarían en la cocina desayunando en cualquier momento. Nadiya cogió la cara de su hija con sus manos y la besó en la frente. Le recomendó que se fuese a la ducha. No querría que sus hermanos la viesen así, se lo podía asegurar. Además, el agua le ayudaría a sentirse limpia, por lo menos por fuera, aunque por dentro… Su madre se calló, pero Zamira comprendió lo que significaba ese silencio.


En cuanto oyó el teléfono fijo sonando, Zamira supo que significaba malas noticias. Una llamada a esas horas no era fortuita, y la gente que los conocía hablaría con ellos por el móvil. Pudo ver que por la mente de su padre pasaba el mismo pensamiento, y aunque su madre gritó desde la cocina que ella lo cogía, su padre fue más rápido.

Akram y Zokir estaban atentos a la cena y a la televisión, sin darle importancia alguna a lo que estaba pasando a su alrededor. Pero Zamira no podía dejar de mirar hacia el suelo, con los oídos puestos en la voz cada vez más tensa de su padre, y la mano de su madre agarrándole con más y más fuerza de los hombros. En cuanto colgó el teléfono, Nadiya se acercó con normalidad a su marido, pregúntale quién era, pero él la ignoró completamente y se dirigió a su hija.

-¿Qué has hecho?


La cabeza de Zamira daba vueltas sin parar, incapaz de centrarse en dónde estaba ni en qué pasaba. El golpe en la cara le dolía, pero lo que la había dejado realmente atontada había sido darse con la nuca contra la mesa al caer. Una figura borrosa, que por los gritos dedujo que era su madre, se colocó ante ella, en ademán protector, pero un gesto de su padre bastó para arrojarla contra la pared. Escuchó los gritos de sus hermanos pequeños, pero no se movieron. Estaban asustados de su padre, y Zamira los entendía perfectamente. Ella lo estaba aún más.

-El padre de tu amiguita Yulduz me acaba de contar lo que ha pasado. ¿Qué tienes que decirme sobre ello?

-Papá, de verdad, te lo prometo, no sé cómo pasó… Yo no quería… Solo quería divertirme… Por favor,  te quiero.

-Puta.


Su padre la dejó allí, tirada, llorando, herida, con un escupitajo en la cara y un improperio que resonaba en su interior, perforando su corazón sin anestesia. El dolor, como siempre, no se contentaba con hacerla sufrir, sino que le hizo revivir la última vez que había sentido algo parecido. Y no tenía que remontarse mucho.

Había llegado a la fiesta con Yulduz. Realmente no era muy fan de las fiestas, sólo había acompañado a su amiga para hacerle un favor. Sus padres no la dejarían ir sola, y menos si hubiesen sabido que Jamshid estaba allí. Nada más llegar, el joven apareció ante ellas y se llevó a Yulduz con él. Ahí un motivo por el cuál Zamira había desistido en conocer a los chicos de su edad. Sabía que no todos eran así, pero todas sus amigas habían acabado con chicos que en cuanto las tenían, las escondían de los demás, como si fuesen un reloj de oro y piedras preciosas que cuidaban, sí, y del que presumían, también, pero que nadie se atreviese a mirarlo demasiado tiempo o a tocarlo. Por eso se sintió tan bien cuando conoció a Serik.


Se lo había encontrado cuando se disponía a salir del local, ya que prefería esperar a Yulduz en la calle. Él iba con unos amigos, pero al verla, se detuvo a hablar con ella. Al principio Zamira pensó que sus intenciones podían no ser las mejores, pero en unos minutos cambió de opinión. Era encantador, tenía una sonrisa contagiosa y la trataba como a una igual. Tampoco se cohibía ante ella como hacían otros chicos, y eso le gustaba.

La convenció de que entrase con ellos y la invitó a una copa. Zamira nunca había bebido, así que él le prometió que no le dejaría beber lo suficiente como para lamentarlo. Y ella le hizo caso. ¿Quién en su lugar no lo haría? Serik era un imán hecho de encanto y risas, nada malo podría pasarle con él. Bailaron, rieron, se rozaron. Cuando empezó a desinhibirse, Zamira se dio cuenta de que su subconsciente estaba dando señales demasiado obvias a Serik sobre lo que quería con él. Y aun así siguió siendo un encanto, le dio un beso en la mejilla y cuando notó los temblores de arrepentimiento y nervios en la joven, se apartó, le sonrió de nuevo y simplemente le dijo que cómo le había prometido, creía que le tocaba avisarla de que a lo mejor no le convenía beber más.


Volvieron a salir, y se sentaron en unos escalones junto al local. Zamira le aseguró que podía irse, que no se preocupase por ella, que seguramente Yulduz saldría en un momento. Pero Serik la ignoró, y se pusieron a hablar. Ella le confesó que nunca se había divertido tanto. Desde la adolescencia se había centrado en estudiar, y se había prometido a si misma que en cuanto acabase, empezaría a vivir más, a divertirse más. Pero su familia necesitaba dinero, y tuvo que cambiar sus planes universitarios por un trabajo de dependienta a primera hora de la mañana. Así que lo había dejado de lado durante los últimos meses.

Como estaba de vacaciones, Yulduz la había convencido de ir por fin de fiesta con ella, aunque sabía que en el fondo solamente quería una carabina, y de que esa noche no sería en la que fuese a aprender lo que era divertirse de verdad. Pero se había equivocado. Y Zamira, con las mejillas sonrojadas, el corazón a punto de salírsele del pecho, y la vista un tanto borrosa, se giró hacia Serik y lo besó.


Cuando sus labios se separaron, y pudo quitar por fin los ojos de encima de Serik, Zamira vio que Yulduz y Jamshid ya habían salido. Cogió la mano de Serik y le dijo que tenía que despedirse ya, pero que esperaba que le dejase escribir su número en su móvil. La mano del chico apretó la suya. No podía irse. Zamira le repitió que tenía que hacerlo, pero que no pasaba nada, prometía volver a verlo. Pero Serik no le soltaba. Le estaba haciendo daño. El encanto desapareció de sus ojos, convirtiéndose en deseo, o más bien, en hambre.

-Puta.

Zamira intentó zafarse, pero Serik era más fuerte y estaba menos borracho. Ya solo al incorporarse, la chica notó como el mundo se tambaleaba a sus pies, y él la pegó a su cuerpo con fuerza. Después de todo lo que había hecho por ella esa noche no podía dejarle así, le dijo. Uno rápido por lo menos, que no fuese una puta. Zamira se negó de nuevo. Y otra vez. Y otra. Pudo ver como Yulduz intentaba acudir en su auxilio, pero Jamshid, asustado, no le dejó. Un par de chicos que estaban por allí la imitaron, pero los amigos de Serik aparecieron de la nada y formaron un círculo a su alrededor. Y mientras amenazaba a los que intentaban ayudarla y animaban a su amigo, este bajó la falda de Zamira de un tirón con una mano mientras con la otra la agarró con tanta fuerza de la cabeza, que pudo sentir como algunos de sus pelos eran arrancados de su cuero cabelludo. Y en comparación con lo que pasó después, eso no dolió en absoluto.


Zamira llevaba tantos días encerrada que ya había empezado a olvidar los detalles de aquella noche. Todo estaba borroso por el alcohol y las lágrimas, pero había algo que sí que recordaba perfectamente. La sensación cuando… Y los golpes de su padre. Y la palabra puta. Quizás fuese culpa suya. Quizás fuese una puta. Y  no podía soportarlo. Le habría gustado ser valiente, luchar por olvidar, o incluso luchar por justicia. Pero no se veía capaz. Ni tampoco de seguir el ejemplo de su madre, de guardar ese secreto en lo más profundo de su memoria y crear nuevos recuerdos a su alrededor, sin tocarlo nunca más.

Así que cogió papel y lápiz. No lloró mientras escribió, no le quedaban lágrimas ya. En un principio no tenía en la cabeza más que un par de líneas, pero acabó escribiendo una página entera. Y entonces la rompió, la tiró a la basura, y garabateó otra cosa. “Yo solo quería divertirme. Papá, sé que no lo entiendes, y por eso te perdono. Mamá, te quiero. Cuida de Akram y Zokir, y no dejes que hagan nunca a nadie… Yo os prometo que velaré por vosotros siempre. Siempre.”

Y Zamira se giró, se puso de pie sobre la silla de su escritorio, se pasó la soga alrededor del cuello y se dejó caer. 


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"Quiero divertirme, pero no sé bien cómo." 
Malala Yousafzai

Las letras pertenecen a la canción Girls Just Want to Have Fun de Robert Hazard, versionada por Cyndi Lauper.

martes, 14 de marzo de 2017

Huellas de tritón

Palabras: Osobuco, J&B, Aplatanao, Anodino, Tritón

-Socio, tienes que dejar de estar tan aplatanao hostia, que tengo ganas de potar sólo de hablar contigo.

Jairo intentó ignorarlo, y mantuvo los ojos fijos en la reposición de Pasión de Gavilanes. Ante él estaba Miguel, mirándole con desprecio, con los brazos cruzados y con esa dichosa gorra con la silueta de un tritón en la cabeza.

-Venga alelao, abre el whisky ese caro que llevas meses guardando y nos echamos unas risas. Que si esperas a aprobar todo vamos jodidos.

Lo peor es que tenía razón. El primer año de carrera lo había aprobado por los pelos, y el segundo no había empezado muy bien. Así que Triana, para animarlo, había hecho un pacto con él. Compraron una botella de J&B, y se la beberían juntos en cuanto acabasen el curso con todas las asignaturas superadas. Si no, se la darían de beber al váter.

Obviamente era una tontería, a Triana se le daba muy bien animar a la gente con cualquier chorrada. Pero él había intentando tomarse la apuesta en serio. Estaba estudiando para ser psicólogo, el sueño de su vida, y se lo había pasado bastante por el forro. No se había esforzado en absoluto, y a pesar de todo, seguía sin hacerlo. Estaba más que seguro de que tanto el J&B como su futuro se irían por el retrete. Y cómo no, el pesado de Miguel con su estúpida gorra de tritón estaba siempre ahí para recordárselo.

-¿Y usted ya sabe que va a pedir?

-Perdona, aún no, dame un segundo.

Pudo ver como Hakim y Amalia, sentados en frente de él, ponían los ojos en blanco. Triana le cogió de la mano y le pidió que apremiase, y Jairo se sonrojó, mientras sus ojos recorrían una y otra vez el menú de arriba abajo. Le apetecía mucho el osobuco, pero no estaba seguro. Quizás unos boquerones estarían mejor. Aunque el osobuco era muy apetecible…

Amaia suspiró, la camarera golpeteó exasperada la libreta con los dedos y Jairo enrojeció aún más. Entendía que se impacientasen. Triana y él habían conocido a Hakim, Amalia y Amaia cuando habían empezado su nueva vida universitaria, un año y medio atrás. Los dos primeros venían de Ceuta, mientras que Amaia, al igual que Triana y él mismo, se había trasladado desde su pueblo en la periferia a Málaga, por lo que todos estaban lejos de casa, y habían acabado convirtiéndose los unos para los otros en una segunda familia. Esa cena en uno de los mejores restaurantes de la ciudad había resultado en una ocasión para celebrarlo, y él había empezado la noche abochornándolos por millonésima vez gracias a su gran capacidad de decisión.

-Me cago en dios, ¿quieres pedir el puto osobuco, macho? ¿Es que no eres capaz de decidir nada en tu puta vida?

¿Qué? ¿Qué hacía ahí Miguel? No pintaba nada, nadie lo había invitado. Pero allí estaba, con su estúpida gorra y su aún más estúpida sonrisa, mirándolo con superioridad junto a la camarera.

-¿Me quieres dejar tranquilo? Nadie te ha invitado Miguel, no sé cómo has llegado aquí pero pírate.

Notó como Triana le apretaba más la mano para tranquilizarlo, pero la ignoró. La dichosa sonrisa de Miguel no hacía más que crecer, y Jairo se puso en pie, enfurecido.

-¡Que te he dicho que te pires hostia!

-¿Qué pasa? ¿Ahora te me pones machito delante de tu churri? ¿La misma niña a la que ni te has dignado en follarte en los tres años que lleváis? Y todo porque ella te ha dicho que quiere esperar al matrimonio para que cates su coñito. Socio, dile de una vez que quieres jincártela y joder, luego si quiere que haga como el resto de gitanillas, que se cosa el himen o lo que sea, y ya está. Así que venga, ¡trágate el puto osobuco y luego ve a casa a hacerla gemir hostia!

-¡A ella sí que no! Que no se te ocurra ni volver a pensar en ella, ¿me oyes? ¡Pirate o te juro por dios que te mato!

Estaba que hervía de la rabia, ¿por qué cojones le hacía eso? ¿Qué le había hecho a Miguel para que le hiciese la vida imposible de tal manera? Unas manos frías contra su cara le hicieron volver un poco en sí. Triana lo miraba, con lágrimas en los ojos, y le suplicaba que se tranquilizase, que ya había pasado todo. Miró por encima de su hombro y vio a Hakim y Amaia hablando con los camareros, seguramente disculpándose, y a Amalia mirándolo fijamente. De Miguel ni rastro. El muy cabrón había revolucionado todo y luego se había marchado.

Jairo devolvió la vista a Triana, que intentaba mantenerse firme, aunque no podía dejar de temblar. Dios, maldito Miguel. ¿Cómo podía haber hablado de ella así? La fría calma que intentó transmitirle Triana se convirtió de nuevo en ira al rojo vivo al ver como habían dejado a su novia todas las mierdas que había dicho el estúpido Miguel. Y todo había sido culpa suya, si hubiese pasado de él…

-Lo siento Triana, yo…

Pero no sabía cómo rellenar esos puntos suspensivos, así que, ahora él también con lágrimas en los ojos, se fue corriendo. Ya fuera del restaurante, cogió una bocanada de aire fresco y consiguió calmarse un poco. Pero todavía no estaba preparado para volver a entrar ahí y hablar con Triana. No quería que lo viese así. Miró a través de la cristalera, y vio como Hakim seguía hablando con los camareros, Amaia abrazaba a Triana para tranquilizarla y Amalia se disponía a salir en su búsqueda. Oh no, no podía hablar con nadie en ese momento.

Cuando llegó a su piso, dejó el móvil a rebosar de mensajes y llamadas perdidas en la mesilla y se tiró sobre la cama. Dios, ¿qué había hecho? Había dejado que Miguel le sacase de quicio, se había comportado como un energúmeno. Y lo peor es que, al pensarlo fríamente, se dio cuenta de que en parte tenía razón. No era capaz de decidirse en nada, no tenía iniciativa ninguna. Y por culpa de ello, vagaba por la vida como un fantasma anodino, insignificante, que no hacía nada útil, no dejaba ninguna huella a su paso. Sólo estaba ahí, ocupando espacio.

Nunca probaría el osobuco porque era incapaz de decidirse hasta en un puto restaurante. No se bebería la botella de J&B, no sería psicólogo, nunca cumpliría sus sueños, porque no tendría la iniciativa de ponerse a estudiar, de hacer algo útil consigo mismo. Nunca dejaría su huella en el mundo, porque en vez de caminar sobre la arena, se conformaría con mirar la playa desde lejos, pensando en si debería ir o no. Así sería su vida, su anodina e insustancial vida, si no se atrevía a cambiar.

Contra todo pronóstico, Jairo consiguió quedarse dormido y soñó. Soñó con un tritón comiéndose un plato de osobuco, con un tritón que bebía de una botella de whisky como si de un biberón se tratase, con un tritón que rasgaba un telón de papel al atravesarlo para representar su espectáculo. Cientos de personas estaban entre el público, deseando ver a ese tritón, con los mecheros encendidos, con las rosas y los sujetadores listos para ser lanzados a sus pies. Pero al tritón no le importaba, él no estaba allí para agradar a las masas, el estaba allí para cambiar vidas. Así que el tritón se puso a caminar lentamente sobre su escenario de húmedo cemento, dejando sus huellas para la posteridad. 

Triana usó la copia de la llave que Jairo le había regalado hacía tiempo para entrar en su piso. No había contestado a sus llamadas, pero sabía que tenía que estar ahí. Lo que no sabía era a que enfrentarse, ni cómo hablar con él en ese momento, y por eso agradeció el encontrárselo dormido, abrazado a esa estúpida gorra con la silueta de un tritón que siempre guardaba en su habitación. No tenía ni idea de qué decirle. Llevaba años compartiendo su vida con él, sabiendo lo que le pasaba, pero nunca lo había visto así. Ella lo quería mucho, sabía lo que había, y no le importaba. 

Se dirigió a la cocina, abrió la botella de J&B, y bebió un buen trago. Necesitaba mucho valor y alcohol para explicarle que no se le había pasado como ambos pensaban, que Miguel solamente existía en su cabeza, que se había gritado a sí mismo, y que la había insultado y defendido al mismo tiempo en un restaurante  repleto de gente. Bebió otro largo trago. 

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"A menudo puedes cambiar tus circunstancias cambiando tu actitud." 
Eleanor Roosevelt

Para saber algo más sobre Hakim y Amalia, los amigos de Jairo y Triana, podéis leer Al otro lado del estrecho. Además, algo más de Amalia también puede leerse en Zaratustra y el bosque de papel.


domingo, 5 de marzo de 2017

Hora y media con Emma Stone

Temática: Crímenes de pensamiento

Palabras: Abstenciocracia, Deidad, Ofensiva

-Cariño, por favor, no te enfades. Es sólo una tontería que me imaginé, mujer, no es que te vaya a engañar con Emma Stone.

-Paige, mira, déjalo. Después de acostar a los niños me voy a dormir al sofá, no tengo ganas de hablar del tema.

Mākere arropó al pequeño Rua mientras Paige hacía otro tanto con Evan. Las dos se cruzaron en el estrecho pasillo, y su esposa intentó acariciarla cariñosamente en el brazo, pero Mākere se apartó bruscamente. No estaba de humor. Paige no dijo nada más, miró al suelo, suspiró y entró en la habitación de Rua.

-Mamá, ¿por qué estás enfadada con mamá?

-¿Sabes cuándo haces algo malo y te castigamos? Pues hoy mamá se ha portado mal en el cine y también está castigada. Pero no te preocupes, sólo esta noche.

Besó a Evan en la frente, apagó la luz y se arrastró hasta el sofá. Intentó dormir, pero no podía conciliar el sueño. ¿Es que tanto le costaba entenderlo? Las dos estaban de acuerdo en que engañar a alguien a quien amas era algo más que una traición. Era un crimen. ¿Por qué no entendía que pensar en acostarse con otra persona no era tan distinto a hacerlo? ¿Acaso si pensabas en matar a alguien no estaba mal también? Que no era lo mismo le había dicho. Ya claro, qué conveniente. Ella también se había estremecido viendo a Ryan Gosling y Emma Stone desplegando sus encantos durante la hora y media que duraba La la land, ¿quién no? Pero no se había montado un tórrido trío en su cabeza mientras sostenía la mano de la persona a la que más amaba en el mundo, la única a la que le correspondía estar en sus fantasías eróticas.

-¿Nadie?

Mākere había dormido fatal, y todavía podía notar en su paladar los dos cafés solos que se había tomado antes de llegar a lo que se estaba convirtiendo en su segunda oficina, el salón de actos del colegio Meri Te Tai de Hamilton. Maldecía el momento en que se había presentado a presidenta del AMPA. Se suponía que ese día tenían que tomar una única decisión muy sencilla. Todos los años los niños representaban una haka para recibir el nuevo curso escolar, y debían escoger la hora y el día. Simplemente la fecha, ni siquiera la temática, ni quién se encargaría de organizarlo, ni nada más. Solamente eso. Les había dado cuatro opciones, y ni una mano alzada dando su opinión. Ni a favor de alguna, ni en contra de todas ellas, ni para pedir permiso para ir al baño, nada.

Entonces vio como un brazo cubierto de tatuajes se levantaba tímidamente, y Mākere le dio la palabra. Reconoció de inmediato de quien se trataba. Era Hare Te Ariki, el padre soltero de Hauku, la niña nueva, y a sus veintitrés años era con diferencia el más joven de la reunión. Y el único que parecía tener algo de iniciativa. Después de escuchar su propuesta, Mākere anunció que estaba de acuerdo, y preguntó si los demás tenían alguna otra preferencia. Si la tenían, todos se abstuvieron de darla. Soltó un bufido, y no le importó que la oyesen.

Siempre las mismas chorradas. Llevaba dos años allí, desde que Rua y Evan habían empezado el colegio, y el AMPA siempre se había regido por esa estúpida abstenciocracia que le ponía de los nervios. Se había presentado al puesto de presidenta para cambiar esa situación que impedía que hiciesen algo de provecho, pero había sido imposible. Nadie movía un dedo, ni siquiera por opinar. Y lo peor es que luego la gente se quejaba, tenía cojones la cosa. Ai, que no salió el día que yo quería. Jobá, a mi esta obra no me gusta nada. Ui, me parece muy mal que les ponga a los niños tanto omega 3 en la comida, aún les va a dar un síncope. Carne de dictadura era esa gente. Cruzó una rápida mirada con Hare, que le sonrió. Quizás por fin había encontrado a alguien que le ayudase a mejorar las cosas, por lo menos.

-Yo tampoco lo entiendo, si te sirve de consuelo.

Hare le regaló una media sonrisa, y cruzó los brazos sobre el pecho mientras hablaban. Madre mía, esos musculosos brazos. Mākere se sorprendió a si misma mirándolos furtivamente, como si de un suculento caramelo se tratase, y se sonrojó. Afortunadamente Hare no se dio cuenta, sino que estaba con su atención puesta en otro lado. O más bien, como pronto se dio cuenta, con la oreja puesta hacia otro lado.

Kristin Hu, Quincy Rosenberg y Betsy Little, la Patrulla Ofensiva, como los llamaba ella, ya estaban tocando la moral. Después de no haberse dignado a opinar absolutamente nada, se habían puesto a criticar lo mal elegida que estaba la fecha de la haka, bañando su incongruente diálogo con mordaces insultos y penosas imitaciones. Cerda hambrienta de poder fue lo más suave que le llamaron. Aunque tuvo que reconocer que moa sifilítica fue un insulto original. Vio como Hare se tensaba y se disponía a decir algo, por lo que le agarró del brazo para pedirle que se estuviese tranquilo, que no valía la pena. Pero su mente se entretuvo pensando en la dureza y firmeza del cuerpo del joven y las palabras se perdieron en su garganta, al igual que sus ojos en esos intrincados tā moko dibujados en su piel, mucho más elaborados que el único que ella se había atrevido a llevar en su hombro. 

Los había puesto en su sitio. Betsy había acabado al borde del llanto y Kristin Hu roja de la rabia, mientras que Quincy había desaparecido de la escena cual niño asustado. Mākere y Hare no podían dejar de reírse sobre ello mientras tomaban un café. Le había advertido que ahora podía meterse en líos, pero a él no le importaba. Si treinta padres no eran capaces ni de decir sí o no en una reunión, ¿cómo iba a temer a solamente tres de ellos? Para cuando decidiesen como vengarse de él ya sería abuelo.

Hacía tiempo que no se reía tanto. Ni se sonrojaba tanto. Ni sentía tal atracción. Y no era solo por esos brazos, adornados por suculentos músculos e hipnóticos tatuajes. Ni por esa camiseta que parecía que iba a explotar en cualquier momento. Ni por esa sonrisa pícara, ni esa mirada tan rebosante de juventud y sensualidad. Sino también por lo que decía, por como lo decía. Para ella, escuchar su seductora voz era algo tan absorbente como debió ser para Noé escuchar a Dios recitando los mandamientos en el monte Sinaí. Pero tampoco es que Hare fuese una deidad del erotismo para ella, no. Bueno, un poco sí. Pero vamos, no creía que nadie religioso humedeciese su entrepierna pensando en su dios, que lo imaginase cogiéndola en brazos y penetrándola sobre la encimera. Mierda, ¿qué estaba haciendo?

-¿Pero sientes algo por él?

-¿Qué? ¿Algo como amor, dices? No, no… Sólo… No sé, está muy bueno, y es muy agradable y… no sé, a veces me excito al verle u oír su voz. Me lo imagino haciéndome cosas que... Que sólo deberías hacerme tú. Lo siento mucho Paige, sé que me merezco lo peor. Crímenes de pensamiento siguen siendo crímenes. Así que…

-¿Pero planeas hacer algo de eso con él de verdad? ¿O lo hiciste ya?


-No, no... ¿Por quién me tomas? Yo te quiero a ti, en ningún momento se me ocurriría... Pero no estamos hablando de eso, el problema es...

-Mākere.

-¿Qué?
                                                    
-Eres tan tontita a veces que no sé qué hacer contigo...

-¿Perdón?

Paige la cogió de las manos y le pidió que la escuchase atentamente. Llevaban veinte años juntas, y esto era algo de lo que quizás deberían haber hablado hacía mucho tiempo, en cuanto se dio cuenta de que podría desembocar en algún problema en el futuro. Pero lo había ido dejando, había soportado discusiones estúpidas sobre por qué no debía masturbarse pensando en Ellie Kemper, Beyoncé o los ángeles de Victoria's Secret. Total, ella no tenía problema ninguno en ocultárselo, sabía que no hacía daño a nadie, y se sentía bien consigo misma. Pero ahora era a Mākere a quién le había pasado, y no lo entendía, no se comprendía a sí misma. Así que le tocaba abrirle los ojos, y hacerle entender por qué no había hecho nada malo. 

Había muchas mujeres inmensamente más guapas y sensuales que ellas dos. Y hombres, suponía. Daba igual que fuese Emma Stone, Ryan Gosling, la dependienta del 24 horas o el padre soltero del AMPA. Si era simplemente atracción, ¿qué había de malo en ello? Mientras no hiciese nada, mientras no sintiese nada. Intentar no soñar con gente así era como intentar no comer, no beber, no cagar. Si hubiese llegado y le hubiese hablado de Hare, no diciéndole que había deseado meterlo entre sus piernas, sino que le gustaría pasar el resto de su vida con él, eso sí que le habría dolido, la habría destrozado. Si además le hubiese dicho que se habían besado, y que luego habían dormido juntos, abrazaditos y haciendo la cuchara, ahí sí que se habría sentido traicionada. Y lo mismo si hubiese habido sexo real, claro. Sí que lo habría considerado un crimen. Y si hubiese pensado en casarse con él, en lo enamorada que estaba de él, pero se lo hubiese ocultado, exacto, crimen de pensamiento, si quería seguir llamándolo así. ¿Pero por eso? ¿Acaso nunca se había enfadado con ella y había deseado matarla por un momento? Eso no la convertía en una homicida.

Mākere pudo ver el brillo en los ojos de Paige, pudo sentir la pasión que le había dado a ese discursito, lo importante que era para ella que la entendiese. Pero no, no lo hacía. Creía saber perfectamente lo que estaba pasando. Se había inventado toda esa verborrea solamente para librarse del enfado por fantasear hora y media con Emma Stone. Seguro que en unos días le acabaría reprochando su hora y media con Hare. Así que no, no la perdonaba ni aceptaba su falso perdón. Ni tampoco que la llamase tontita. Seguía enfadada con Paige, y sobre todo, consigo misma. Hoy dormiría ella en el sofá. Nada le haría cambiar de opinión. Los crímenes de pensamiento, crímenes son, y punto en boca.


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"Jamás subestimes lo extraordinariamente difícil que es entender una situación desde el punto de vista de otra persona." 
Eleanor Catton